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Full text of "La bandera de San Antonio: Monografía polémica con documentos inéditos"

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La Bandera de San Antonic 



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LA BANDERA DE SAN ANTONIO 



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José Qarlbaldl 

EN LA ÉPOCA DE LA DEFENSA 

Reproducción de una fotografía hecha por el antiguo 

establecimiento G. Renouleaut, 

calle 25 de Mayo 117, y tomada de un daguerrotipo, 

según opinión del fotógrafo señor Fillat 



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M±OXOR VOUUO 



LA BiiiSA DE m ASMO 



MONOGRAFÍA POLÉMICA 
CON DOCUMENTOS INÉDITOS 



fkSlogo pos 
JOSÉ ENRIQUE BOpó 




MONTEVIDEO 

DOBNALECHE Y BeYES, EDIT0BE8 
Callb 18 DB Juuo, irtfiís. 77 t 70 

1901 



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i LA XEMORIA DE JOllS BB8SIA 

DXGOLLADO BN SANTA LUCÍA BL 2 DB PBBBBBO DB 1904 

POB LOS INSUBBBCTOS 8ABATI8TAS 

SIN OTBO MOTIVO 

QÜB BL I>B AP0DAB8B JOSÉ OABIBALDI 



1 riN DB QUB BL BBCUBBDO 

DB LA POBBB TÍCTIMA 

PBBDÜBB BAJO LA £gIDA INMOBTAL 

DEL TBXCBDOB DE SAN ANTONIO 



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PRÓLOGO 



Un trabajo de investigación sobre la autenticidad 
de nna relicpiia histórica: reliquia de una historia 
qae parece un mito ; de un hombre que parece un 
numen. 

¿Para contribuir, acaso, á reducir la leyenda á 
los términos de la realidad? ¿ Para quitar á la pri- 
mera parte de su hechizo? ¿Es la obra implacable 
del análisis que reivindica los fueros de la razón, 
pasado el poder fascinador de la leyenda? 

No; la crítica que se hace en estas páginas se con- 
creta á la realidad del objeto material. La substan- 
cia del ^orioso episodio queda intacta. 

Intacta é inconmovible, la leyenda garibaldina, en 
que está engarzado, como una piedra fulgurante, ese 
episodio, desafía los embates de la negación y, de la 
duda. Afortunado caso, en el que la investigación, 
trocando su oficioso papel propicio al desencanto, 
no hace sino confirmar y acrisolar las maravillas de 
la realidad, transfigurada esta vez, no por resplan- 
dores ajenos, sino por su luz propia é infusa. 



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— VI — 

Guando el héroe legendario, dominador de la ima* 
glnaeión popular, se pierde en la esfumada vague* 
dad de remotos tiempos, este maligno crítico que se 
complace, dentro de cada uno de nosotros, en des- 
tejer la tela de nuestra fe y nuestro entusiasmo, nos 
argumenta con la idealización de la realidad en la 
mente candorosa del pueblo; con la obra lenta é 
instintiva que libra al personaje real de las escorias 
de lo insignificante y de las sombras de lo impuro, 
y lo levanta á la esfera de lo ideal y semi- divino» 
como en las alas que nacen con la transfiguración 
de la larva en mariposa. — De esta manera el Cid de 
la leyenda se convierte, por la impiedad del análi- 
sis, en el caudillo que lidiaba por su yantar; quizá 
cruel y perjuro; quizá aliado alternativamente de 
moros y cristianos. Aquiles, el de los pies ligeros, 
no es sino el reyezuelo semi- bárbaro que arrastra 
el cadáver del vencido Héctor é injuria soezmente á 
Agamenón. Guillermo Tell tal vez no existió nunca. 

Pero en el héroe de la Italia nueva la legendaria 
realidad triunfa de la contradicción por su proximi- 
dad en el tiempo y la lucidez de una vida franqueada, 
de uno al otro extremo, á las miradas pertinaces. 

Son la verdad y la leyenda que concurren en un 
mismo punto ; es la leyenda que aparece delante de 
nosotros, viva, cortando la realidad como un claro 
que se abre entre dos rocas, en la travesía de la 
montaña, sobre el cielo luminoso é inmenso; es la 
alucinación dotada de la consistencia del bronce, 
del latido y el calor de las entrañas humanas, veri- 
ficable por la experiencia de todos, á plena luz del 
mediodía. 



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— vil — 

¡Admirable leyenda real! una de las últimas y 
más radiantes apariciones de lo heroico en la histo* 
ria. Nos asombra aún más, en el tiempo en que vi- 
Timos, por lo que se aparta y disuena de las condi- 
ciones de la realidad circunstante. El pasado siglo, 
que empezó e^tre los fuegos de la epopeya ñapo- 
leónica, es rico de esos formidables nombres enque 
Carlyle y Emerson cifraron su filosofía de la histo- 
ria. El nuestro empieza como en un vago estupor, 
como en una fría reserva : apáganse los luminares 
que orientaron la marcha de otras generaciones, y 
no se ve encenderse los que los sustituyan. ¿Está 
cercano el día en que podamos decir con más exacti- 
tud queRémusat: <¡c Nuestro tiempo carece de gran- 
des hombres»? 

Así como sobre la tumba de Hugo pudo inscri- 
birse: aAquí yace el último Poeta», si este nombre 
de poeta ha de tomarse en sentido homérico ó dan- 
tesco : de algo hierofántico, épico, secular, así sobre 
la tumba del libertador de Italia yo inscribiría : ce Aquí 
yace el último Héroe. » Pero entiéndase la acepción 
que yo doy á tal palabra. Mi concepto del Héroe no 
se identifica con el de hombre superior por su vo- 
luntad y su brazo; no porque exprese siempre, 
dentro de este género, una mayor intensidad y gran- 
deza, sino en razón de una calidad distinta. El Hé- 
roe es, para mí, el ce iluminado» de la acción. La 
acción heroica es la que toma su impulso en aque- 
llos abismos insondables del alma, de donde vinie- 
ron el demonio de Sócrates, la convulsión de la si- 
bila, la visión del extático ; en donde se engendra 
tedolo que obra de un modo superior á la. razón; 

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I& palabra qiie avasalla, el gesto qae electriza, el 
golpe que abate ó levanta por instantánea y porten- 
tosa fuerta. Bolívar es Héroe; San Martín no es 
Héroe. San Martín es grande hombre, gran soldado, 
gran capitán, ilastre y hermosísima flgara. Pero no 
es Héroe. Falta para qae lo sea, á su alrededor, la 
aureola deslumbradora, el relámpago, la vibración 
magnética, el misterioso soplo que, ya se le tome en 
sentido sobrenatural, ya en sentido puramente hu- 
mano, pero instintivo é inconsciente, es, de todSas 
maneras^ algo que viene de lo desconocido. 

Garibaldi : tipo de héroes ; personificación, la más 
cumplida y fiel, del quid heroico. 

Después que pasa nuestro entusiasmo de los quince 
años por las teatralidades de la acción y las garru- 
lerías de la libertad vociferante y callejera, ¡ cuántos 
ídolos de barro vemos caer de los altares de nues- 
tra devoción! ¡cuántas glorias efimeras pierden la 
fuerza con que ños atrajeron y el brillo con que nos 
deslumhraron! La solidez del fondo heroico sere^ 
conoce en que el hechizo del héroe y su leyenda so- 
brevive, fuera de nosotros, á los acontecimientos 
en cuya esfera se circunscribieron; y dentro de nojs- 
otros, á la obra del Tiempo, que nos alivia el alma, 
de ese sobrante de enti»iasmo que, no encontrando 
objeto propio, lo crea fuera de la realidad ; el Tiempo^ 
que nos enseña á separar el oro de la alquimia. 
Asi, si dejáis á la intemperie la imagen vestida de 
trapos de colores y ornada de abalorios, pronto el 
viento y la lluvia la desnudarán, y bajo las galas 
destrozadas descubrirán un pedazo de madera. Pero 
la estatua de desnudo y firme mármol mantiene im- 



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— IX — 

pertarbable» al aire libre, su gesto augusto; el sol 
la bruñe, el agua del cielo la lava, y después de cada 
tempestad la estatua aparece más resplandeciente y 
más hermosa. 

. Tal pasa con la épica figura del más universal de 
los modernos héroes. Á pesar del abuso de su efigie 
y su nombre en litografías coloreadas y en invoca- 
ciones liberalescas á lo Homais» entero y fascinante 
dora su prestigio. Yo lo comparo con la virtud de 
esa sublime a Marsellesa », que, profanada de mil 
maneras por la vulgaridad, torturada en las músi- 
cas de los festejos, humillada en el cieno de las ca* 
Ues, guarda intacta la frescura de su estupenda me- 
lodía, y aún nos estremece, y nos levanta, y nos 
arranca lágrimas, como cuando surgió de la copa 
de burdeos de Rouget de Lisie para inflamar al 
mundo en la embriaguez de la libertad y de la gloria. 

' Pero además del Garibaldi universal; de aquel 
que está tan alto que de todas partes se divisa su 
sombra veneranda, erguida, como un genio bené- 
fico, sobre la esperanza de los oprimidos y el miedo 
de los opresores, hay el que los hijos de esta parte 
de América conocemos y sentimos; el evocado glo- 
riosamente en nuestra memoria por el nombre de 
este opúsculo ; el Garibaldi conciudadano nuestro y 
general de nuestro ejército; el soldado de la inmor- 
tal Defensa; el que peleó contra Rozas; aquel á quien 
recordamos como á un gran viejo de la casa y nom- 
bramos con oi^nllo. 

- Yo nunca fui chaupüdita. No ha mucho tuve oca- 
sión de indignarme, á solas, leyendo la noticia de 
que na gran diario parisiense había propuesto á los. 



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más altos y escogidos espíritus de Francia una en^ 
quéte formulada en estos términos : Entre la huma-- 
nidadj- la patria ¿á cuál de las dos preferís? 
Me indignaba por el solo hecho de que se hubiera 
propuesto la cuestión. Me parecía increíble que» en 
el centro del mundo, en la capital del orbe civili* 
zado, pudieran aún plantearse, dirigiéndose á lod 
grandes espíritus, problemas de esa especie. Pasa- 
dos pocos días leí la crónica de una entrevista de 
Tolstoy con un periodista que fué á verle para sa- 
ber lo que pensaba de la guerra de Oriente. El gran 
anti-patriota, después de maldecir los odios y egoís- 
mos nacionales que hacen posible la ignomiiüa de 
la guerra, confesaba que, á pesar de sus esfuerzos, 
no lograba arrancar, del todo, de su espíritu, el sen- 
timiento que le llevaba á considerar, dentro de la 
humanidad, á su tierra y su pueblo como cosas su- 
j^as. Y esto me sirvió después de justificación, de 
defensa de mí mismo, ante aquella odiosa parte de 
nuestro ser que, segán Benjamín Gonstant, hace de 
espectadora de la otra; porque un día tomé de mi 
biblioteca las ce Memorias » de Garibaldi, y al llegar 
á cierta página me ce descubrí» experimentando ese 
cosquilleo de la espina dorsal y ese relámpago que 
pasa debajo de la frente, — cosas que todos habréis 
experimentado, leyendo» alguna vez, — cuando leí 
de nuevo lo que el Héroe decía de la ciudad en que 
yo nací.... ¿Alcanzará algún día nuestro humanita* 
rismo á suprimir estas vejeces, esiaiS preocupaciones^ 
estos estigmas atápicos de nuestra naturaleza?... ••—^ 
Glorifiquemos en buen hora, y ante todo, al Gari-^ 
baldi de la humanidad; pero comprendamos que los 



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— XI — 

que ven en el héroe la personificación de su Italia 
resucitada y redimida, se extasíen ante esta faz de 
su gloria; y déjeseme á mí entusiasmarme con el 
Garibaldi que vistió á la usanza del gaucho ! 

Una vez que se me encomendó redactar una con* 
vocatoria con objeto de qae el pueblo de Montevideo 
adhiriese á la conmemoración anual de la unidad ita>< 
liana, recordé, no sólo lo que Garibaldi representaba 
para ese pueblo, sino lo que él había representado 
para Garibaldi. Recordé que con tal conmemoración 
se glorificaba la memoria del que, hablando cou 
oi^uUo del compañerismo que le unió á los nuestros^ 
llamó al Montevideo de la Defensa o: la ciudad de 
los milagros:», a asombro y admiración del muri' 
do » ; del que afiímó que su resistencia heroica 
^ sentiría de norte en las generaciones venideras á 
todos los pueblos que no quisieran rendirse á la 
ifoluntad de los poderosos», y del que dirigiéndose 
á la juventud italiana, en días de incertidumbre» 
cuando aún faltaba terminar la obra emancipadora, 
instábala á inspirarse en la enseñanza y el ejemplo 
del pueblo oriental, a en su palor sublime», para 
saber al precio de qué sacrificios sobrehumanos con- 
quistan los pueblos dignos de mejorar de suerte los 
bienes de la libertad. 

Y partiendo de esta indeleble impresión que la 
grandeza guerrera y moral de la Defensa dejó, como 
un sello de fuego, en el espíritu del Héroe, y teniendo 
en cuenta, además, la inmensa parte que á su prestid 
gio personalísimo hay que atribuir en los sucesos pre- 
paratorios de la unidad y la libertad italianas, agre- 
gué que no se forzaría el alcance de las relaciones 



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históricas si se afirmara que hubo influencias de la 
Defensa de Montevideo en el movindento liberal de 
1848, que hizo levantarse á Italia de su tumba ; que 
hubo recuerdos de la Defensa de Montevideo en 
cada página de la leyenda garibaldina y en las ab- 
negaciones espartanas de Gaprera; que hubo plomo 
de la Defensa de Montevideo en los fuegos de los 
mil de Marsala, en la campaña homérica de las Sici- 
lias, en Voltumo, en Aspromonte, en Mentana ; en 
todo lo (j[ue abrió camino al episodio que consagró 
definitivamente la realidad de la utopía secular, con 
la reivindicación de Roma intangible para la Italia 
una. 

Gracias sean dadas al libro que nos da oportoni* 
dad de remover tan gloriosísimos recuerdos ; ó me- 
jor, sin traslación retórica, gracias sean dadas al 
autor de ese libro. Bien está la bandera de San 
Antonio (aquella que existió sin duda: la de tela 
inmaterial é invisibles colores) en manos del que la 
sustenta en las páginas que van á leerse. 

Es seguramente Héctor Vollo uno de los espíri- 
tus más cultos y mejor dotados entre aquellos con 
que su país ha contribuido á las fuerzas activas de 
nuestra sociedad, en lo que se refiere á la labor del 
pensamiento. Por el entusiasmo de sus convicciones 
liberales y la pasión generosa con que adhiere á 
cuanto signifique adelanto, cultura, mejora moral ó 
material, es un valioso obrero de toda noble propa- 
ganda. Consagra además á esta su segunda patria 
hondo y sincero afecto: afecto en que intervienen, 
sin duda, no sólo los vínculos formados en la larga 
y amigable estadía, sino también un sentimiento que 



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— xin — 

debe estar, que acaso está, en el corazóu de todos 
.los liberales italianos: un sentmiiento de cariñosa 
predilección por el pueblo donde el Héroe recogió 
tan altos ejemplos, y los pagó con tantos heroísmos, 
y dejó escritas las más bellas páginas de cuantas 
trazó fuera de su patria concreta. 

Ha encauzado Vollo su actividad en la única forma 
que el ejercicio de la pluma tiene de profesional en 
nuestro ambiente : el diario. Más de uno de los núes* 
tros guarda en sus columnas la huella de su produc- 
ción, abundante, ágil, filcil siempre de reconocer, 
aun<{ue el anónimo ó el pseudónimo oculten su ori- 
gen. No importa (jue esta producción sea aquella 
que concibe la mente mientras hay que hacer trotar 
la pluma, usando un decir deMad, deSévigné. Con 
frecuencia en Vollo el periodista deja paso, sin que* 
rerlo, quizá sin saberlo, al hombre de real prepara- 
ción y al escritor de forma artística. Hace lo que 
suele hacer el transeúnte en su Venecia; que-^comp 
las casas de la ciudad tienen indistintamente acceso 
por tierra y por agua, por la caUe y por el canal, — • 
para donde quiera que el transeúnte vaya y en d 
niomento en que quiera, puede tomar, en el canal 
cercano, la góndola, y continuar romancescamente 
embarcado su camino, que empezó vulgarmente á 
pie. — Vollo, á mitad de un artículo de ocasión, de 
una crónica efímera, de una reseña trivial por su 
objeto, toma de improviso su góndola y concluye 
^i disertación espiritual y primorosa literatura el 
tema que empezó en prosa pedestre. 

¿Cómo es que este verdadero escritor; este «ini- 
^úado» de la escogida minoría á quien fueron cone^ 



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— XIV — 

didas las gracias del estilo; este temperamento de 
artista y de estudioso, no se ha arrimado al yunque 
y ha cuidado de dar plena razón de su valer, en 
obras que vivan? Culpad de ello á muchas causas. 
Quizá á su natural modestia. Quizá á esa non cu 
rama de la notoriedad y de la fama, que es una de 
las influencias con que el ambiente poco propicio á 
cosas de arte embarga al espíritu que en él se su- 
merge, á la manera como la perspectiva desolante 
del desierto lleva en sí el germen del fatalismo mu- 
sulmán. Pero atribuid la mayor responsabilidad á 
la labor en que el diario le ha tenido secuestrado y 
sometido á la necesidad de ganar el pan de cada día, 
«i no con e^ sudor de su frente, con el sudor negro 
<le la pluma... ¡Ah periodismo, periodismo! ¡de 
cuántos secuestros de esa especie tendrías que dar 
cuenta si se te llamara á juicio ante el tribunal donde 
se examinaran, para distribuir responsabilidades y 
penas, las vocaciones perdidas y las aptitudes malo- 
gradas ! 

Pero no se perderán ni malograrán la vocación y 
las facultades de Vollo. Desde luego, éste es un li- 
hro que lo comprueba. No aparece en él plenamente 
la faz del estilista, pero aparece sí la del investiga- 
dor concienzudo, y (lo que vale más que la aptitud 
investigadora) aparece también el sentido crítico que 
realza y fecunda los resultados de la investigación. 
Quien sin prejuicio lea este trabajo, no podrá me- 
nos de considerar definitivamente resuelto el intere- 
sante punto sobre que versa. 

La obra futura sobre Garibaldi, que Vollo pre- 
para con amor y dedicación dignos de ese magno 



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— XV — 

tema, manifestará de cuerpo entero su personalidad 
literaria, y será un título más que le vinculará á la 
ciudad de que es ciudadano, más que huésped. 

Hemos decretado á Garibaldi una estatua. Pero 
para completar el homenaje que la ciudad de la 
Defensa, la ciudad de Suárez y Pacheco, debía al 
general de sus tiempos heroicos; al que le dio una 
Legión, levantando sobre ella, porque la Italia es- 
taba muerta, una enseña de luto ; al que venció en 
San Antonio; al que peleó en Europa con el poncho 
oriental y la camiseta de los Legionarios, — era pre- 
ciso que un libro sobre Garibaldi se escribiese en 
Montevideo. 

Se escribirá ess libro, y será la extensa leyenda 
de la estatua de mármol. 

Cuando murió Horacio Greely, los publicistas 
norteamericanos resolvieron erigirle una estatua ; y 
desechando el mármol y el bronce, determinaron 
que ella fuera de plomo y que, para ñmdirla, cada 
diario de Nueva York contribuyese con tipos de su 
imprenta. — Funda el autor de este opúsculo la es- 
tatua de su Héroe, de nuestro Héroe, en el mismo 
noble material. 

José Enrique Rodó. 

IfontBvidco, 21 de Jidio de 1904. 



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AVANT-PROPOS 



Dos consideraciones de orden distinto me indu- 
cen á coleccionar en estas páginas los artículos que, 
acerca de la bandera de San Antonio, acabo de pu- 
blicar en El Día del 25, 26, 28 y 30 de Junio último 
y 1, 4, 6, 8, 9, 13, 16 y 20 del corriente : la de que cou" 
ceptúo de mi deber exhibir el facsímile de los docur 
montos fundamentales en que baso mis conclusio- 
nes, y la de que quizás convenga dar á dichos docu- 
mentos y á los comentarios respectivos ubicación de 
conjunto y un tanto más estable que la fragmentaria 
y efímera de la hoja periodística. 

Tal explicación elimina implícitamente todo mó- 
vil de lucro ; de ahí que el producto líquido de este 
folleto se destine al fondo para el monumento á Ga- 
ribaldi en Montevideo. 

Y, en cuanto á la dedicatoria, la información com- 
pleta y detallada del crimen, al cual ella se refiere, 
puede verse en Ultaüa al Plata del 18, 21, 24 y 26 
de Febrero próximo pasado. 

Sin embargo, para los lectores (pie se hallen en la 



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— xvín — 

imposibilidad de procurarse tales números del dia- 
rio italiano, reproduzco los pasajes principales de 
la infoi^mación mencionada. 
Helos aquí : 

«El 2 de Febrero, inmediatamente después de la acción 
de Fray Marcos, la división nacionalista mandada por Ba- 
silio Muñoz (hijo) entró en Santa Lucía. — En medio de la 
caballería, maniatado y guardado á vista, iba un joven ru- 
bio, de barba entera y corta.— Su aspecto civilizado con- 
trastaba con el de los soldados. 

«Muchas personas interrogaron á los soldados naciona- 
listas acerca de e§e individuo y el por qué lo llevaban 
maniatado.— Y los soldados contestaban:— Es un ita- 
liano, un gringo que quería matar á Saravia. Lo lleva- 
mos al degüello. 

«Á nadie, en Santa Lucía, las tropas nacionalistas ocul- 
taron su malvado propósito.— Y para cohonestarlo y darle 
una especie de forma de sentencia marcial, añadían que 
el joven prisionero había confesado, en Fray Marcos, su 
designio de matar á Suravia, y que á la declaración asistía 
también el coronel Cándido Acuña. 

«Agregaban, además, que encima del joven había sido 
hallado un cheque de 2.000 pesos.— Ese cheque, según las 
tropas, se lo había dado el gobierno al desconocido, como 
recompensa de lo que debía efectuar. 

«Las tropas nacionalistas, atravesando Santa Lucía, fue- 
ron á campar en los terrenos de los señores Hita y EScha- 
güe, departamento de San José. 

«El 4 de Febrero por la mañana levantaron campamento, 
y entonces algunos campesinos «dieron cuenta al juez de 
paz de Santa Lucía, señor Isidro Canosa, de que los na- 
donalistas habían dejado un cadáver, acribillado de heri- 
das y con la cabeza cortada. —El juez Canosa concurrió 
inmediatamente al paraje, invitando á serle compañeros en 



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— XIX — 

la macabra tarea al párroco de Santa Lucía, don Eusta* 
quio Sánchez, y á los señores Florencio García, Donato 
Larraya, Joaquín E. Moré, José Camelo, Dionisio y Am- 
brosio Hernández y Martín Alonso. 

«Llegados al punto indicado, se presentó á su mirada un 
horrible espectáculo.— Un cadáver, tendido boca arriba, 
<x>mpletamente desnudo, con varias heridas de cuchillo en 
el pecho, con una ancha herida de facón que le atrave- 
saba de un costado á otro, cubierto de equimosis, con la 
cabeza cortada y un balazo detrás de la oreja izquierda, 
yacía en el suelo. 

«El juez de paz levantó el cadáver, lo encerró en un ca- 
jón y lo trasladó á Santa Lucía, sepultándolo en el cemen- 
terio de aquel pueblo.— El aspecto del infeliz era el de 
un joven decente, de una treintena de años de edad. — 
Kubio, de ojos azules, tenía el cutis blanquísimo. Sus ma- 
nos eran finas y cuidadas.— En el anular izquierdo se veía 
la huella de un anillo. 

«Como los nacionalistas que conducían al desgraciado 
joven decían que éste había confesado el propósito de dar 
muerte á Saravia y que á tal declaración había estado 
presente el coronel Cándido Acuña, hemos querido acla- 
rar el punto interrogando al respecto al propio coronel. 

«Apenas le expusimos el motivo de nuestra visita, el co- 
ronel Acuña exclamó: 

«— ¡Ah! ese pobre José Garibaldi. . . . 

« -¿José Garibaldi? 

«—Sí, señor. Ese joven italiano, á quien los revolucio- 
narios han asesinado en Santa Lucía, llevaba justamente 
el nombre y apellido de vuestro gran hombre, que tan 
denodadamente combatió también por nuestra tierra. 

«—¿Y lo conocía usted, coronel, á ese infeliz? 

« — Lo conocía perfectamente, y le diré cómo. Yo soy 
vicepresidente de la Junta de Guadalupe, y en tal ca- 
rácter vigilaba las obras de un camino que se estaba cons- 



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— XX — 

trayendo. Entn los obraros que trabajaban en ellas figu- 
raba justamente Garibaldi en calidad de capataz. —Era 
un excelente joven, incapaz no sólo de cometer una mala 
acción, sino tampoco de pensarla. 

«—¿Y cree usted que Garibaldi haya declarado que 
quería matar á Saravia? 

«—No lo creo de ningún modo, porque, repito, era de 
índole apacible é incapaz de semejantes cosas. 

«—Sin embargo, coronel, los revolucionarios decían que 
Garibaldi no sólo lo había declarado abiertamente, sino 
que también usted se halló presente durante los días en 
que estuvo prisionero en el campamento de los revolu- 
cionarios. 

« — Es falsOé Cuando yo monté á caballo para acudir 
á la defensa de las instituciones, las obras mencionadas 
quedaron suspendidas y Garibaldi se fué á Guadalupe. 
Desde entonces no lo vi más, y creo que lo tomaron en 
otro paraje, lejos del campamento donde yo me hallaba 
prisionero.— £1 por qué lo hayan tan bárbaramente ulti- 
mado no sabría decirlo, pero, usted comprenderá, ese nom- 
bre de José Garibaldi puede haber bastado para enfure- 
cer los ánimos de los que lo habían hecho prisionero.» 

L'Ilalia al Plata del 18 de Febrero. 

«Garibaldi era conocidísimo y querido en Las Piedras 
por italianos y orientales, que tuvieron oportunidad de 
apreciar sus óptimas cualidades de alma y de corazón 
durante un período de tres meses, el año pasado. Traba- 
jaba entonces por cuenta de aquella Junta Auxiliar en 
la construcción de un nuevo trozo carretero, bajo la di- 
rección del ingeniero de obras municipales en Canelones, 
señor Pedro Magnou. 

«Garibaldi en esas obras demostró toda su perfecta ca- 
pacidad, unida á una inteligencia pronta y despejada y á 
una conducta siempre ejemplarmente correcta. De modo 



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— XXI — 

que el ingeniero Magnoa le tom6 carifio y en Diciembre 
IMisado lo mandó al pueblito de Migues como capataz en 
las obras para el arreglo de aquel camino. Y también en 
tales trabajos supo captarse la estima y la considera- 
ción de los superiores y de los compafieros. 

«En la época en que fué construida la carretera del 
Paso de Mendoza, Garibaldi obtuvo de la empresa una 
gran parte de las obras por su cuenta, haciendo trabajar 
en ellas, bajo su dirección, á algunas decenas de obreros. 
Pero, antes de que las obras fueran concluidas, la em- 
presa se declaró en quiebra, adeudando á Garibaldi tres 
mil pesos. —Éste tuvo que contentarse con una parte de 
los útiles del trabajo y con un vale de dos mil pesos. 

«Dicho vale es el que los revolucionarios le encontra- 
ron. Él lo llevaba siempre consigo, en la esperanza de 
que algún dia lograría hacerlo valer ante ia empresa 
deudora. 

«Acerca de la autenticidad de ese vale podemos dar las 
más amplias seguridades, porque varias personas insospe- 
chables nos garanten habérselo visto más de una vez. 

« Queda asi desautorizado el infame chisme de que el 
pobre José Graribaldi tuviera el propósito de dar muerte 
á Aparicio Saravia y que en recompensa hubiese recibido 
del gobierno el famoso vale.» 

Vitalia al Plata del 21 de Febrero. 

«El pobre degollado no se llamaba José Garibaldi. Este 
nombre glorioso le había sido puesto por los amigos. Re 
conocían en aquel joven tanta lealtad de carácter, tanta 
afectuosidad de alma y tanta liberalidad que, en virtud 
del proceso de síntesis — tan genial en el pueblo — lo de- 
nominaron Garibaldi. — Su verdadero apellido no lo he- 
mos podido todavía averiguar. 

«Garibaldi había nacido en Castel Ceriolo, circunscrip- 
ción de Spinetta, provincia de Alejandría. —Vino á Moiv> 



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— xxn — 

tevideo quizás en 18S4, quizás en 1885. — Eñ 1888 trabajó 
en el Barrio Reus, bajo la dirección del ingeniero Juan 
Illa y del constructor Facelli. —En 1889-90 trabajó en 
las carreteras de Goes y de Corrales con los ingenieros 
lila y Pedro GianellL 

«En 1890 se casó con una italiana, y de su matrimo- 
nio tuvo dos hijos. 

« Declarada en quiebra en Noviembre de dicho año la 
empresa, le fué entregado por ésta el vale de 2.000 pesos 
que los nacionalistas dicen embusteramente que era el 
precio de la. vida de Saravia. —Ese vale debe de llevar la 
fecha del 22 ó del 24 de Noviembre de 1890. 

«Al finalizar el 1891, Garibaldi se fué á Italia. En la 
travesía se le murió un hijo, luego en el pueblo natívo 
perdió á la mujer y al otro niño. — Anonadado por ta- 
maña desgracia, Garibaldi volvió á Montevideo y reanudó 
su trabajo. 

« Todas las personas que hemos interrogado están con- 
testes en afirmar que la pobre víctima era un trabajador 
modelo, fuerte, bondadoso, pronto á socorrer á los com- 
pañeros.— La impresión general se puede resumir así: 

«Las hordas revolucionarias han querido degollar á 
José Qaribaldié* 

L'ItaUa al PioUa del 24 4e Febrero. 

«Continuando nuestra investigación acerca de la feroz 
muerte dada á nuestro pobre connacional conocido bajo 
el nombre de José Garibaldi, hemos logrado averiguar y 
documentar estas otras noticias que complementan las da- 
das por nosotros anteriormente. 

«El pobre degollado se llamaba José Ressia. 

« Ressia, el 19 de Enero pasado, trabajaba en el camino 
que pone la Cuchilla de Verde en comunicación con A 
Paso de Vidal. Trabajaba en aquella carretera á órdenes 
del ingeniero Pedro Magnou, jefe di la Sección técnica 
núm. 5 de la Junta E. Administrativa de Canelones. 



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— xxra — 

« A las 4 de la maSana de dicho dfa pasaron por aquel 
punto las tropas nacionalistas. Un grupo de éstas se apro- 
ximó á Ressia y le preguntó : 

« — ¿Es usted un gringo ? 

« — Soy italiano, contestó el trabajador. 

« — ¿Y cómo se llama usted? 

« — José Garíbaldi, dijo francamente Ressia, recordando 
su querido apodo. 

« Á esta contestación, el infeliz fué preso y puesto, boca 
abajo y atravesado, en el lomo de un caballo. Un gau- 
cho se le subió encima y espoleó el caballo. 

« Lo que ocurrió después es sabido. » 

Ultalia al Plata del 26 de Febrero. 
MoDteyideo, 22 de Julio de 1904. 

HÉCTOB VOLLO. 



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LA BANDERA DE SAN ANTONIO 



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ÍOL carta del General Esteban Ganzio, resumida 
en un telegrama procedente de Genova (1), y las 
publicaciones que acaban de hacer los señores Se- 
tembrino E. Pereda (2) y Pedro Yiglione (3), vuel- 

( 1 ) Oénova, Junio 21, — El Oencnl EBtelMiii CaBsio, al Mber qae eo 
las ÜettM inaagonles del monomento d« Gaiibaldl to Boeno* Aireí ftgnitf 
«na bttBder» do la legión garibaldiná de San Antonio, dirigió una carta 
rogando se transmitiera la reetifleaeión de que la Tardadera tandera de la 
legendaria tatalla de San Antonio, Gkuritaldi la tn^o á Italia en ÍBéS, 
«oando regresó con los nu^oies legionarios. El guardián de la tandeim 
•era Saochi, qne habla sido siempre el atandenido dorante el sitio de Mon- 
terideo, basta qne fué herido en San Antonio. Luego fué reUgiosamento 
«oneervada en Caprera. 

ca mismo Genera] Oaritaldi me la oonfló más tarde, agrega d General 
Cansío en su carta, j 70 ta encerré en nn cuadro Jonto con ana carta 
óéi Cteneral, que dice: 

«Éstos son los restos gloiioaof de la gloiiosfsiaia bandera de Monto» 
▼ideo.» 

Es indudable que la bandera oonserrada en If ontsTideo 7 aparecida 
«jer en Buenoe Aires, será )a qne OÜTieri ó Suslni mandaron hacer sobro 
«1 modelo de la primiti?a, euando asumieron él mando de la Legión, 

Bato desearla que se hiciera conocer al Taliento 7 hospitalario pueblo 
jvgentino. 

(2) El SiffIOf dd 28 de Junto. 
i9) £1 iXa, del 23 de Junio. 



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Ten á poner en el tapete de la discusión una vieja 
controversia que sostuve en Enero de 1896 desde las 
columnas de El Siglo, bajo el pseudónimo de Un 
italiano: la de si la bandera que posee el ce Circulo 
Legionarios Garibaldinos » tremoló ó no en el com- 
bate de San Antonio el 8 de Febrero de 1846. 

Días pasados, al leer el reciente folleto del mismo 
señor Pereda, titulado «Los extranjeros en la Gue- 
rra Grande», me encontré, no sin experimentar al- 
guna extrañeza, con un capítulo en el cual se com- 
pendia, en forma absolutamente unilateral, aquella 
controversia y se le pone el sello de los dos parrafi- 
tos siguientes : 

«Nuestro ilustrado contrincante concluyó prome- 
tiendo recurrir al testimonio del coronel Susini, 
último jefe de la Legión, pero han transcurrido oclio 
años, y ésta es la hora en que todavía ignoramos si 
dio su parecer sobre el particular. Un italiano^ 
obrando con lealtad, ha debido confesar su error. » 

Digo que experimenté alguna extrañeza, porque 
no me parece la quinta esencia de la corrección 
trasladar, de semejante manera, una efímera polé- 
mica periodística — sostenida por mí al correr de la 
pluma, desde la oficina de redacción y sin tener á 
mano ningún libro de consulta — al marco perma- 
nente de un libro. 

Sin embargo, dejé pasar la cosa, reservándome el 
derecho de replicar oportunamente en igualdad de 
condiciones, ó sea en la obrita que estoy escribiendo- 
acerca de la actuación de Garibaldi en la República 
Oriental, y que, si Dios quiere, publicaré en Italia. 

Pero el anuncio de que mi buen amigo Arturo 



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-3- 

Pozzilli (1) ha sido encargado por algunos compa- 
triotas residentes en Montevideo de levantar una 
especie de enquéte acerca de la autenticidad de esa 
bandera, me obliga á salirme de mis casillas, á fin de 
que se tomen en la debida cuenta algunos importan- 
tes elementos de criterio que obran en mi poder. 

No tengo ni tiempo ni motivo para revolver la 
colección de El Siglo de 1896 y reconstruir los tér- 
minos exactos de la controversia primitiva, tanto 
más que ahora dispongo de copiosos datos, en su 
mayor parte inéditos, reunidos pacientemente mer- 
ced á un cuidadoso estudio de la época y gracias á 
la generosidad con que los poseedores de documen- 
tos, relativos á la epopeya garibaldina en este país, 
pusieron á mi disposición, como detallai!é más ade- 
lante, tales preciosas fuentes históiicas. 

Sólo diré, para no dejar en pie los dos cargos que, 
á la distancia de ocho años, me dirige el señor Pe- 
reda, que Un italiano, justamente obrando con leal- 
tad, no puede ni debe confesar un error de cuya 
efectividad está muy lejos de hallarse convencido, y 
que el no haber yo apelado entonces al testimonio 
del coronel Susini, reconoció por causa una grave 
neurastenia, la cual, después de mermar considera- 
blemente mi laboriosidad periodística, concluyó por 
obligarme á interrumpir todo trabajo intelectual. 

Sin embargo, mi amigo PozziUi, para mejor ase- 
sorarse en su enquéte, podrá hojear, quizás con 
sAgún provecho, la mencionada colección de El Si- 
gilo, en la que, si no estoy trascordado, debe figurar 

{1 ) BiMetor de UfíaHa ai Piala de HonteTideo. 



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- 4- 

una referencia del ex legionario y actual comandante 
Manuel Echevarría, la cual asigna á la bandera en 
cuestión procedencia bien distinta de la que le atri- 
buye el señor Pereda. 

Pero, antes de continuar mi exposición, necesito 
dar rienda suelta á un impulso de natural delicadeza, 
agotando de inmediato lo que podría denominarse 
cuestión previa. 

Guando emprendí las investigaciones que debían 
proporcionarme el mateiial para mi libro» yo lle- 
vaba en mi alma una entusiasta admiración por la 
pura y grandiosa figura de Garibaldi y por sus vale- 
rosos legionarios, y, á medida que adelanté en mi 
trabajo, esa admiración fué adquiriendo el marcado 
perfil de una veneración casi religiosa. 

No creo, pues, que nadie me supere en tributar á 
las vivientes reliquias del combate de San Antonio 
el cariñoso respeto que se merecen, ni que nadie 
pueda, en análoga situación, sentir mayor pesar que 
yo al tener que contradecir á algunas de sus afirma- 
ciones relativas á este asunto de la bandera. 

Sólo el amor por la verdad histórica me induce á 
asumir una actitud tan violenta para mis afecciones, 
y es excusado agi^gar que ni un solo instante he 
dudado de la perfecta sinceridad del querido señor 
Yiglione y de sus compañeros, en el testimonio que 
da base á las conclusiones del señor Pereda. 

Lo que pasa al respecto es, en mi sentir, un caso 
de sugestión colectiva, de los muchos que registran 
las crónicas y la propia historia, y que todos los días 
caen bajo la mirada aun de los profanos en psicolo- 
gía. Basta, á menudo, que, en una determinada agpru- 



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— o — 



pación, la persona de mayor autoridad y de mayor 
prestigio formule un aserto erróneo, para que aqué- 
llo se haga sensación real, convicción y carne en 
todos los demás. Éste es el procedimiento etiológico 
de muchas leyendas, surgidas sobre el substratum 
de la más impecable buena fe, como puede verse en 
el genial estudio de Gustavo Le Bon, titulado Pay- 
cholo gie des/oules. 

Y — nótese la extraña coincidencia — el caso de la 
sugestión colectiva, que gira en tomo de una ban- 
dera, no es nuevo dentro de la propia crónica gari- 
baldina. Por muchos años, en efecto, se creyó en 
Italia en la autenticidad de una titulada bandera 
de los mil de Marsala, la cual apareció con ese ca- 
rácter en dos ó tres ocasiones solemnes. El mismo 
General Garibaldi creyó, según parece, en ella, 
puesto que, al fallecer el integérrimo apóstol repu- 
blicano Mauricio Quadrio — yo entonces era casi 
un niño, pero recuerdo nítidamente el hecho — el 
héroe telegrafió desde Caprera: «Sobre el féretro 
del extinto debe tremolar la bandera de los mil. » 

Pues bien: hace apenas algunos meses que, según 
leí en los diarios italianos, esa leyenda acaba de di- 
siparse con motivo de la muerte de Menotti Gari- 
baldi, porque, habiéndose vuelto á hablar de la ya 
famosa bandera, uno de los principales actores en 
la campaña del Mediodía puso de manifiesto su ca- 
rencia de autenticidad. 

Agotada así la cuestión previa, abordaré en el 
segundo artículo el punto debatido. 



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- 6- 



II 



Esta controversia histórica ha sido planteada en 
los siguientes términos : 

a Cuantos han tratado de la heroica acción librada 
el 8 de Febrero de 1846 en los históricos campos de 
San Antonio — dice el señor Pereda en su reciente 
publicación titulada Los extranjeros en la Guerra 
Grande — han omitido ocuparse del destino que se 
dio á la bandera que alli hizo tremolar la valiente 
Legión italiana. » Con lo cual asevera de inmediato 
y perentoriamente que los 190 legionarios, que com- 
batieron en San Antonio, llevaban bandera. Luego 
agrega: «Dicha enseña era la segunda de la Legión 
italiana y fué usada durante toda la campaña. Es 
negra, tiene pintado el Vesuvio, y en su centro so 
lee la siguiente honrosa inscripción, que se le puso 
más tarde, de acuerdo con el decreto gubernativo 
fecha 2o del mismo mes y año : Hazaña del 8 de 
Febrero de 1846, realizada por la Legión italiana 
á las órdenes de Garibaldi. — Doña Bernardina Fra- 
goso de Rivera donó á la Legión, al siguiente mes 
de ese hecho, una bandera de seda, que tenia la 
misma inscripción, en letras de oro, sobre la parte 
superior del Vesuvio. Créese que esa bandera haya 
sido llevada á Italia por el General Garibaldi, pued 
se ignora el fin que tuvo. En cuanto á la bautizada 
con el humo de la pólvora en San Antonio, al ser 
desarmada la Legión, el comandante Bottaro se hizo 
cargo de ella. » Y concluye diciendo que, en conse- 



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caencia, las banderas de la Legión italiana fueron 
tre^, ó sean : ala que quedó con las fuerzas al mando 
del comandante Bottaro, á servicio de la plaza de 
Montevideo (cuando Garibaldi salió con aao y 
tantos hombres para la expedición al Uruguay )r 
la que llevó la Legión á campaña y la donada por 
la esposa del General Rivera. ». 

Además, el señor Pereda abona sus aseveraciones 
con cartas de los legionarios Pedro Viglione, Pedro 
Suffiotto y Jerónimo Pinchetti, que formaron en la 
expedición al Uruguay, y de los legionarios Nicolás 
Gannoniero y Antonio Bardino, que no formaron en 
la expedición al Uiniguay; cartas que examinaremos 
más adelante. 

La discrepancia consiste en que, por varias cir- 
cunstancias, parece muy dudoso, cuando menos* 
que los 190 legionarios susodichos tuvieran bandera 
en el combate del 8 de Febrero de 1846, de manera 
que resulta un tanto aventurada la afirmación del 
señor Pereda, al hablar de la que alli hizo tremolar 
la caliente Legión italiana y de la bautizada con el 
humo de la pólpora en San Antonio. 

Es claro que la dilucidación de este punto abarca 
también la controversia colateral originada por la 
carta del General Esteban Canzio, quien dice, seg^ 
la comunicación telegráfica aludida en nuestro ar- 
tículo anterior, que «la legendaria bandera de San 
Antonio, Garibaldi la trajo á Italia en 1848, y se la 
confió más tarde á él, junto con una carta que dice : 
Éstos son los restos gloriosos de la gioriosísima 
bandera de Montevideo , » 

Pero vamos por partes, y, con el fin de dejar, si 



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-8- 

es posible, completamente aclarada la cuestión en 
todas sus faces, empecemos dedicando algunos pá- 
rrafos á la bandera que la Legión recibió á las po- 
cas semanas de haberse constituido, en la ceremonia 
efectuada el 2 de Julio de i843. 

Al trasponer el dintel de la presente averiguación 
histórica, nos imponemos el deber de prescindir en 
absoluto de toda idea preconcebida que no descanse 
suficientemente en una bien saneada documentación 
ó que no pueda resistir una crítica lógica é im- 
parcial. 

Análoga disposición de ánimo esperamos de parte 
de nuestros lectores, hayan ó no hayan opinado an- 
teriormente en el asunto. 

Es por ese camino que se alcanza la verdad ó, 
cuando menos, se evitan aseveraciones erróneas y 
gratuitas. 

Acerca de la primitiva bandera de la Legión, pues, 
la señora Jessie W. Mario dice en su obra Garí- 
baldi e i suoi tempi (Milano, fratelli Treves editori, 
1892, pág. 83): «El 2 de Julio, gran revista en la 
plaza del Cabildo de las dos Legiones italiana y fran- 
cesa, entrega de la bandera y elección del uniforme. 
. El uniforme de la italiana fué la camiseta colorada, 
histórica hoy y casi legendaria; y la bandera ideada 
por Galliano, que todavía vive en Gónova, era ente- 
ramente negra con un volcán en el medio, símbolo 
de la patria en luto, pero con el fuego sagrado en el 
seno. Esta bandera es religiosamente conservada 
por Teresita y Esteban Ganzio, que la tuvieron de 
Garibaldi conjuntamente con la carta que certifica 
su autenticidad. » 



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-9- 

Sobre el mismo tópico, José Guerzoni, en su Garí^ 
baldi (Firenze, G. Barbera editore, 1882, tomo i, 
pág. 168), se expresa como sigue : «Más tarde la Le- 
gión recibió sa bandera ; un lienzo negro qae llevaba 
pintado el Vesuvio en erupción; emblema de la re- 
Tolnción hirviente en el seno de Italia, del que Ca- 
yetano Sacchi fué el primer abanderado. »> 

M General José Garibaldi, en sus Memorie auto* 
biografiche (Firenze, G. Barbera editore, 1888), no 
menciona ni ésta ni las demás banderas de la Legión. 

Veamos ahora lo que dicen al respecto las cartas 
de los legionarios VigUone, Suffiotto, Pinchetti, Can- 
noniero y Bardino, que el señor Pereda ha publi- 
cado en su folleto Los extranjeros en la Guerra 
Grande. 

«La bandera usada por la Legión italiana — in- 
forma el señor Vi^ione — era de lienzo negro, con 
el Vesuvio de un lado y dos canillas y una calavera 
del otro, que significaban Gloria ó Muerte. » Los 
señores SufBotto, Pinchetti y Gannoniero nada di- 
cen acerca del particular. El señor Bardino declarar 
«La Legión tuvo tres banderas: la que usó desde el 
primer día de su formación, que era del siguiente 
tipo: negra: en el anverso el Vesuvio en erupción y 
la inscripción coronando el monte : Legión italiana 
de Montevideo; y en el reverso dos tibias cruzadas 
y entre ellas un cráneo, etc. j> 

Como se ve, entre la versión de la señora Mario 
y de José Guerzoni, por un lado, y la de los señores 
Viglione y Bardino, por otro, media alguna diver- 
gencia acerca de los símbolos que contenía tal en- 
seña, pues aquéllos mencionan tan sólo el volcán ó 



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-10- 

el Vesuvio, y éstos hablan también de dos tibias y 
un cráneo. 

Por nuestra parte, empezando á utilizar los docu- 
mentos que obran en nuestro poder, gracias ala 
cortés deferencia de varias personas, y muy especial- 
mente de la dignísima familia del doctor Bartolomé 
Odicini, médico benemérito de la Legión italiana y 
patriota esclarecido, á quien tendremos el placer de 
mencionar reiteradamente en el curso de estos ar- 
tículos, podemos contribuir á la dilucidación del 
punto dudoso con el dato que va en seguida : 

El Diario inédito de la Legión, en el cual día por 
día se consignan detalladamente todos los sucesos 
en que ha intervenido ese cuerpo, al dar cuenta de 
la ceremonia relativa á la bendición de las banderas 
que se entregaron el 2 de Julio de i843 á las Legio- 
nes italiana y francesa, dice textualmente : a La ban- 
dera adoptada por la Legión es enteramente negra, 
con un volcán en erupción en el medio. x> 

Y, en nuestro sentir, ésta parece resultar la ver- 
sión verdaderamente exacta, de perfecto acuerdo 
con la de la señora Mario y de Guerzoni, porque, 
de otro modo, también la bandera regalada por la 
señora esposa de Rivera en Marzo de 1846, habría 
ostentado dos tibias y un cráneo, por ser presumi- 
blemente una fiel reproducción de la usada hasta 
entonces por la Legión, y la bandera referida no 
contiene, como se verá, el símbolo mencionado. 

£1 detalle encierra indudablemente alguna impor- 
tancia con relación á lo que expondremos en el ar- 
tículo siguiente. 



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-11- 



m 



Lo que conviene ahora aTeríguar es ^ fin qne 
tuvo la bandera que la Legión italiana recibió en la 
ceremonia efectuada el 2 de Julio de i843. 

Dos de los legionarios, cuyas cartas pertinentes 
á esta controTcrsia el señor Pereda inserta en su 
publicación Los extranjeros en la Querrá Grande^ 
suministran al respecto las sig^entes noticias: 

ce La primitiya bandera — dice el señor Viglione— 
obraba en poder del doctor Pastori, médico garibal* 
dino en distintas campañas en Italia y amigo íntimo 
del general Garibaldi, á quien éste se la había re- 
galado como recuerdo y prueba de alta estima. £1 
24 de junio de 1882, en la procesión cívica celebrada 
en Buenos Aii*es, flameó en manos de don Antonio 
Bardino. También dicha primitiva bandera flameó 
en las calles de Montevideo, poco después de la 
gran manifestación que se hizo en honor del héroe 
de ambos mundos. » 

a La primitiva bandera — ratifica el señor Suffiot- 
to— debe encontrarse en poder de los deudos del doc-^ 
tor Pastori, que la recibió de nuestro heroico jefe 
cómo un valioso obsequio de su parte. » 

Éstos son los únicos datos que, acerca del punto 
que nos proponemos aclarar, consigna el folleto del 
señor Pereda. Muy poca cosa, por cierto, y que, 
lejos de disipar las tinieblas de la duda, originan 
toda una serie de nuevas preguntas: ¿En qué época 
el General Garibaldi regaló al doctor Pastori la pri* 



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-12- 

mitiva bandera de la Legión italiana? ¿Ocurrió eso 
en Italia ó en Montevideo? Y, en el primer caso, 
¿cómo volvió aqaella ensena al Río de la Plata? 
¿Quiénes son los deudos del doctor Pastori y dónde 
viven actualmente? ¿Poseen todavía tal gloriosa 
reliquia, y qué documentos pi*obatorios de su auten- 
ticidad pueden exhibir? ¿Cómo se explica el hecho 
de que esa bandera llameara el año i882 así en Bue- 
nos Aires como en Montevideo, con motivo del falle- 
cimiento de Garibaldi, y, después de aquella fecha, 
no haya vuelto á aparecer en público, ni en la so- 
lemne inauguración que acaba de efectuarse en la 
vecina capital? 

Pues bien: un conjunto de indicios — nada más 
que indicios— parece autorizar, con algún funda- 
mento, la suposición de que la bandera entregada 
á la Legión italiana el 2 de Julio de 1843 haya sido 
llevada á Italia por el General Garibaldi, cuando, 
acompañado de Anzani y de 84 legionarios más, se 
embarcó la noche del 14 al 15 de Abril de 1848 en 
el bergantín sardo «Bifronte», bautizado expresa- 
mente para aquel viaje con el nombre auspicioso de 
«SperanzaD, y no en 1847, como el señor Pereda 
dice en la página 21 de su folleto y repite en la 
página 256. 

He aquí en qué consisten los indicios mencionados: 
En primer término, casi todos los legionarios que 
han hecho manifestaciones escritas ó verbales res- 
pecto á la presente controversia, están contestes» 
como evidenciaremos más adelante, en que el Ge- 
neral Garibaldi, al regresar á Italia en 1848, se llevó 
una de las banderas de la Legión. Especifican ade- 



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— la- 
mas, más ó menos terminantemente, qne la bandera 
llevada por él ha sido la de seda, que doña Bemar^ 
dina Fragoso de Rivera donó á la Legión el IS de 
Marzo de 1846. Y de tal premisa fluye lógicamente 
la deducción de que la enseña salida, segñn se dice, 
de Montevideo aquel año, á bordo de la aSperanzai>, 
debería haber sido precisamente la primitiva ban- 
dera de la cual nos estamos ocupando. 

¿La razón? 

Es doble, y del mismo modo concluyente en sus 
dos faces. 

La circunstancia de alejarse Garíbaldi, Anzani y 
84 legionarios más, no aparejaba la disolución de la 
Legión italiana, la cual, como es perfectamente sa- 
bido, continuó en pie hasta el término completo de 
la Guerra Grande. Y, por excepcionalmente bene- 
mérito que fuera el General Garibaldi, no se con- 
cibe, con arreglo á las ordenanzas y costumbres 
militares, como no se concibe tampoco, con arreglo 
á la discreción y al notorio desprendimiento del ven- 
cedor de San Antonio, que éste se llevara la enseña 
entregada oficialmente, como premio por el heroico 
combate del 8 de Febrero, á la Legión, y por ella 
adoptada como su única bandera desde la ceremo- 
nia del 15 de Marzo de 1846. Complementa semejante 
razón argumentativa el hecho, suficiente para cortar 
cualquier objeción de los espíritus cavilosos, de que 
la bandera de seda, regalada por la señora doña Ber- 
nardina Fragoso de Rivera^ fué remitida al General 
Garibaldi desde Montevideo, posteriormente á la 
disolución de la Legión, como documentaremos más 
adelante. 



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— 14 — 

En segando lugar, parece que, desde i848, los le* 
gionarios quedados en Montevideo hayan perdido 
los rastros de la bandera primitiva, la cual habría 
vuelto á aparecer, según el testimonio délos señores 
VigUone y Sufflotto; sólo en 1882, primero en la ve- 
cina capital y después en Montevideo, con motivo 
de la gran eidiumación de reliquias y memorias ga- 
ribaldinas, determinada por el fallecimiento de Ga- 
ribaldi, y habria vuelto á aparecer en manos del 
doctor Pastori ó de sus deudos. 

Á esto puedo agregar que mis investigaciones han 
dado con un pasaje de un diario de Niza, fechado 
en Junio de 1848, el cual parece mencionar vaga- 
mente la presencia de una bandera de la Legión al 
frente de los legionarios procedentes de Montevideo. 
Tal diario, citado por José Guerzoni en su obra Ga- 
ribaldi (tomo i, página 220), trae una corresponden- 
cia de Genova, en la cual se lee: «Te escribo con la 
mayor prisa para decirte que el valiente Garibaldi 
acaba de bajar en este puerto con noventa hombres 
de su invencible Legión. En este momento (1 p. m.) 
bajan por el muelle real los legionarios y desfilan ai 
toque de clarín, precedidos por la bandera italiana 
y por la propia. y> 

En los anteriores datos es lícito basar la conside- 
ración de que, saliendo de Montevideo ese impor^ 
tantísimo núcleo de la Legión para tomar parte muy 
activa en la guerra de la independencia italiana, 
puede explicarse que se llevara consigo, como en- 
seña de combate, la primitiva bandera, probable- 
mente depositada entonces en la Mayoría del cuerpo,, 
desde el día en que fué reemplazada por la del l^ 



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-15- 

de Marzo de 1846, obsequio de la esposa del Gene- 
ral Rivera. 

¿Y después? 

Después he buscado empeñosamente el destello 
de esa enseña gloriosa al través del período tumul- 
tuario que corre desde la guen*a de Lombardia 
hasta la de Roma, y desde la retirada sobre la Repú- 
blica de San Marino hasta el segundo destierro del 
gran patriota, que se embarcaba el 16 de Septiem- 
bre de 1849 con rumbo á Túnez. Pero nada he des- 
cubierto, ni tampoco en la minuciosa y pintoresca 
descripción que Rafael Belluzzi, en La ritirata di 
Garibáldi da Roma (1), hace de las milicias gari- 
baldinas que salieron, el 2 de Julio de aquel mismo 
año, de la ciudad eterna, ya en vísperas de ser ocu- 
pada por las tropas de Bonaparte. 

Hay, pues, positiva conveniencia, para la presente 
averiguación histórica, en indagar si la bandera 
que, segúb el testimonio de los señores Viglione y 
Suffiotto, se halla en poder de los deudos del doc- 
tor Pastori, es la auténtica del 2 de Julio de 1843, 
tanto más que su detalle descriptivo, como obser- 
vamos en el artículo anterior, no parece coincidir 
completamente con el de la enseña mencionada por 
el Diario inédito de la Legión, por la señora Jessie 
"W. Mario y por José Guerzoni. 

Esta tarea, en nuestro concepto, podría tomarla 
A su cargo el amigo Arturo Pozzilli, mucho más 
ventajosamente que escribiendo, como anuncia en 
JJIiaUa al Plata (2), á los Generales Ganzio y Ric- 

(1 ) Boma, Sodetá editrice cDuito Alighiori» 
< 2) De íeclia 25 de Junio. 



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-16- 

ciotti Garíbaldi para obtener noticias detalladas 
acerca de la bandera que existe en ItaUa. Porque 
ninguno de los dos posee al respecto mayores datos 
que los conocidos en Montevideo. 

Así Pozzilli tendría, á la vez, ocasión de infor- 
mamos si, en jnsticia y verdad, corresponde al doc- 
tor Pastori lo de a médico garibaldino en distintas 
campañas de Italia y amigo intimo del General Ga- 
ríbaldi», que le atribuye el excelente señor Yiglione. 

Porque, no obstante poseer, según creemos, al- 
gún conocimiento de la epopeya garibaldina, nos- 
otros confesamos, con perfecta candidez, que la sim- 
pática silueta esbozada por el querido legionario no 
despierta en nuestra memoria ninguna reminiscen- 
cia concreta. 



IV 



Después de lo dicho en el artículo anterior, yo 
me hallo en la obligación de probar que la bandera 
de seda, regalada por la señora doña Bernardina 
Fragoso de Rivera el 15 de Marzo de 1846, fué remi- 
tida, desde Montevideo, al General Garíbaldi poste- 
riormente á la disolución de la Legión italiana. Y, 
una vez sentado este hecho, ya no quedará razona- 
blemente ninguna duda de que, si en realidad el 
vencedor de San Antonio se Uevó, al salir para Ita- 
lia en 1848, una bandera de la Legión, esa bandera 
tiene que haber sido forzosamente la primitiva, <cla 
que quedó con la fuerza al mando del comandante 



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WM^Smm: 



Bandera delí 

Actualmente en poder del general Estebaí 
A la obra Garibaldi e i sua 



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;?*?' 



'^'■''.tíj 



irzo de 184.e 

^producida del fotograbado perteneciente 
I la señora Jessie W. Mario 



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- 17 - 

Jottaro, á servicio de la plaza de Montevideo,» 
como dice el señor Pereda, durante la expedición al 
Uruguay, ó sea la que la Legión recibió en la cere^ 
monia efectuada el 2 de Julio de 1843. 

Ha llegado, por lo tanto, el momento de encarar 
el segundo punto de la presente controversia; cosa 
que, como se verá, practicaremos en dos etapas dis- 
tintas, para facilitar el agotamiento de la cuestión. 

¿Qué noticias han aportado al debate, acerca de 
la enseña del 15 de Marzo de 1846, los legionarios 
que han hecho manifestaciones verbales ó escritas, 
relacionadas con este asunto? 

Helas aquí transcriptas textualmente, conforme al 
método de fidelidad escrupulosa que me he im- 
puesto desde los comienzos y que seguiré inflexible- 
mente hasta el fin : 

a El general llevó á Italia la bandera regalada por 
la esposa del general Rivera» — dice el señor Bar- 
tolomé Servetti, que se encontró en la expedición 
al Uruguay, según resulta del reportaje publicado 
por Arturo Pozzilli en U Italia al Plata de fecha 25 
del corriente. «La bandera donada por doña Ber- 
nardina Fragoso de Rivera será la que Un italiano 
afirma existir en poder del general Ganzio en Ge- 
nova» — opina el señor Viglione, refiriéndose á la 
polémica que yo sostuve en 1896 con el señor Pe- 
reda. «La bandera de seda ({ue la señora Bernar- 
dina Fragoso de Rivera regaló á la Legión italiana 
es la que Garibaldi llevó á ItaUa, y que no cabe 
duda debe tenerla su familia» — afirma el señor Bar* 
diño. Y en forma análoga se expresa el señor Ganno* 
niero. 



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-18- 

El único qae hace manifestaciones divei^ntes de 
las anteriores y bien circunstanciadas, es el señor 
Pinchetti, quien declara: «La qae donó doña Ber- 
nardina Fragoso de Rivera se halla en Genova, en 
poder del general Ganzio. Era de seda, y terminada 
la Guerra Grande se depositó en el Fuerte de Go^ 
biemo por una comisión formada de legionarios, 
entre los cuales figuraba yo. Más tarde, otra comi- 
sión, presidida por el doctor Bartolomé Odicini, la 
solicitó del gobierno para serle remitida al gene- 
ral Garibaldi como valioso recuerdo del Pueblo 
Oriental. » 

Pues bien: el que se halla al respecto en lo cierto 
es el legionario señor Pinchetti, pues la enseña de 
IS de Marzo de 1846 fué efectivamente pedida al 
gobierno después de la terminación de la Guerra 
Grande. 

¿La prueba? 

Existe y yo tengo el agrado de exhibirla, publi- 
cando el texto de la petición que filé elevada al go- 
bierno de la República por el doctor Bartolomé Odi- 
cini, médico de la Legión italiana. 

Ese documento es todo de puño y letra del mismo 
doctor Odicini, quien también lo redactó, y está 
concebido en los siguientes términos textuales, que 
evidencian, al propio tiempo, el patriotismo y el 
gran corazón de su autor: 

<K Excelentísimo señor : 

«Los oficiales, bajo -oficiales y soldados que per- 
tenecieron unos á la división de la Legión Italiana 



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-19 — 

á qae cupo el honor de ir á inmortalizar su nombre 
en los campos de San Antonio del Salto en la me- 
morable batalla del 8 de Febrero de 1846, y los 
otros que siempre han pertenecido á la otra divi- 
sión que se ha quedado en defensa de la heroica 
Capital, con todo el respeto piden del Excelentí- 
simo Gobierno de la República quiera hacerles la 
gracia particular de concederles la Bandera que ha 
sido de la Legión y bajo la cual han tenido el honor 
y la militar fortuna de siempre distinguirse en ser- 
tícío de la República: y pidiéndola por gracia, 
solemnemente prometen al Excelentísimo Gobierno 
que así lo hacen para ofrecerla al Municipio de Ge- 
nova, la ciudad más democrática de Italia, en cuyas 
manos, á más de ser una grande prueba de magna- 
nimidad del Excelentísimo Gobierno de la Repú- 
blica Oriental del Uruguay hacia sus defensores, 
será un monumento perpetuo de las glorias de los 
soldados que arrostraron los peligros y los trabajos 
de las batallas en las trincheras de la Capital como 
en la campaña, durante la larga guerra que acaba 
de extinguirse, y servirá también de ejemplo á los 
democráticos italianos que se preparan á redimir la 
patria del despotismo que desde tres siglos la tiene 
oprimida, porque esta Bandera les enseñará que 
contra las muchas bayonetas de los tiranos, aun 
pocos hombres libres y verdaderamente republica- 
nos pueden vencer y adquirirse la corona del triunfo. 

(( Esperan esta gracia especial del Excelentísimo 
Gobierno los que humildemente resignan aquí su 
nombre, d 

Parece que la iniciativa del doctor Odicini res- 

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-20- 

pondiera al temor de que la gloriosa bandera pu- 
diese correr alg^ peligro, debido al inminente cam« 
bio de orientación partidaria á que estaba expuesto 
el gobierno, pues ya se vislumbraba claramente que 
el inmaculado ciudadano don Joaquín Suárez, gran 
amigo de Gaiibaldi, iba á ser reemplazado interi- 
namente en la presidencia de la República el 15 de 
Febrero de 1852 por don Bernardo P. Berro, presi- 
dente del Senado, á quien sucedió en la suprema 
magistratura el l.^' de Marzo del mismo año don Juan 
F. Giró. Y, á la espera de una conveniente oportu- 
nidad para ofrecerla al Municipio de Genova, con- 
forme á lo manifestado en la petición anterior, — 
oportunidad que se alejó en seguida por el carácter 
oribista que asumió la situación, pues no eran aque- 
llos momentos adecuados para ocuparse de tales 
asuntos, — el doctor Odicini custodió religiosamente 
en su casa la sagp:*ada enseña, la cual luego continuó, 
por otros motivos, permaneciendo bajo la misma 
custodia, hasta que en 1855, como probaré feha- 
cientemente más adelante, fué pedida por el Gene- 
ral Garibaldi y enviada en el año siguiente al ven- 
cedor de San Antonio, que á la sazón se encontraba 
en Genova y que la recibió para depositarla en 
Roma. 

Porque, como es sabido, después de su segundo 
destierro de Italia, Garibaldi había pasado unos tre^ 
años viajando de Nueva -York á Centro -América y 
al Extremo Oriente como capitán de buques mer- 
cantes, hasta que, habiéndose modificado el rumbo 
político del gobierno piamontés en sentido más na- 
cional, pudo en 1854 bajar en Niza sin ser moles* 



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-21 - 

tado, y de allí trasladarse, más tarde, á Cerdeña y 
á Genova. 

Dando, pues, con lo que expondremos, por de- 
mostrado que la bandera entregada por el gobierno 
oriental al doctor Odicini filé enviada por éste al 
General Garibaldi, no cabe la menor duda de que la 
enseña de i5 de Marzo de 1846 filé la usada por la 
Legión italiana hasta el término de la Guerra Grande 
y es la misma que sé encuentra actualmente en po- 
der del General Canzio. 

Su facsímile puede verse en la ya citada obra de la 
señora Mario Garibaldi e i suoi tempi, página 85, 
reproducida fi>tográfícamente. Es — como dice la se- 
ñora Mario — enteramente negra, con un volcán en 
el medio, y, en consecuencia, sin las dos tibias y el 
cráneo mencionados por las manifestaciones de los 
señores Yiglione y Bardino transcriptas en nues- 
tros artículos anteriores. 

Según resulta de la fecha que lleva la carta que la 
acompaña — 30 de Marzo de 1880 — fué traspasada al 
General Canzio unos veinticuatro años después de 
remitida por el doctor Odicini. 

La inscripción que la decora, en cumplimiento 
del decreto de 25 de Febrero de 1846, ocupa la zona 
superior, hasta tocar casi la cumbre del volcán, y 
hállase distribuida en tres líneas, así : 

BAZaSa. DKt. 8 VKBBXBO DK 18 i6 

BSAUZADA POB UL LKQIÓH ITAUAHA 

i JJíS ^BDKXIBS DB OABIBALDI 

La segunda línea forma un arco de círculo y queda 
separada de la tercera mucho más que de la pri- 
mera. 

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Es de seda, seg^n sugiere la excelente reproduc* 
ción fotográfica, y en sas bordes lateral izquierda 
é inferior corre una franja, presumiblemente de oro, 
como el bordado de la inscripción. 



Por último, antes de poner punto final á este ir 
articulo, tengo que replicar á mi distinguido amigo 
Arturo Pozzilli, quien — al ocuparse de mi presente 
exposición en U Italia al Plata (1), con una deli- 
cada benevolencia que mucho le agradezco y que 
evidencia una vez más la gentileza de su alma se- 
lecta — me advierte cortésmente y de paso que, á 
consecuencia de la polémica surgida en Italia meses 
atrás, según mencioné en mi referencia puramente 
incidental á la bandera de los Mil, la enseña autén- 
tica de aquella maravillosa expedición fué por fia 
hallada en casa de la familia Sgarallino. Cree, ade- 
más, Pozzilli que el telegrama de Garibaldi «Sobre 
el féretro del extinto debe tremolar la bandera de 
los Mil » rece sólo con el cadáver de José Mazzini» 
y no con el de Mauricio Quadrio. 

Replico gustoso, aunque la incidencia no afecte 
por ningún concepto la cuestión que estamos deba- 
tiendo. 

He vuelto á leer el pasaje de la referencia — ^ ruego 
al buen amigo que haga otro tanto t- y no encuentro 
que mis palabras contradigan al hallazgo de la en-» 
seña auténtica, pues en ellas yo menciono única- 



(1) De fecha 26 de Junio. 



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— ás- 
mente la bandera que por machos años fué creída 
de los Mil» sin serlo, como se ha probado. 

En cnanto al telegrama de Garibaldi, si bien es 
cierto qae uno análogo fué transmitido por el héroe 
con motivo de la muerte de Mazzini» no tengo la más 
leve duda de que el citado por mí fué enviado al 
fallecer Mauricio Quadrió. Y me conceptúo» sin pecar 
de temeridad, con alguna noción del asunto, en viiV 
tud del antecedente de haber yo publicado en Roma» 
en 1884, un librito biográfico de 128 páginas acerca 
del austero valtelinés, librito perteneciente á la 
misma colección en la cual se dio á luz también mi 
folleto relativo á Guillermo Oberdán, que el amigo 
Pozzilli conoce perfectamente. 

La disposición de Garibaldi respecto al cadáver 
de Mauricio Quadrio, por lo demás, tenía importan* 
cia inolvidable, por la circunstancia de que el patriota 
fallecido acababa de publicar en la Unitá italiana 
de Genova los xiv primeros capítulos de su obra 
Commenti al libro dei mille, en la cual, como el 
amigo Pozzilli sabe, el extinto refuta con rudeza va- 
rias de las aseveraciones hechas por el jefe de la 
expedición de 1860 acerca de la actitud asumida por 
Mazzini y su partido frente á aquel acontecimiento. 

Pero» repito, tal incidencia no afecta de ningún 
modo la presente controversia, y yo me ocupo de 
ella tan sólo porque la indicación procede de mi bueq. 
amigo Arturo Pozzilli, quien — no lo dudo — con* 
duirá.por convencerse de que estoy reconstruyendo 
en terreno bien firme y con materiales de buena ley. 



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-24- 



Henos aquí, por fin, delante de la bandera qae^ 
seg^n el señor Pereda, basado en las referencias de 
algunos supervivientes de la Guerra Grande, hizo 
tremolar la palíente Legión italiana el 8 de Febrero 
de 1846, y que fué bautizada con el humo de lapól-- 
pora en San Antonio. 

Arturo PozziUi, que acaba de examinar esa enseña 
en casa de la distinguida familia Fiorito, la describe 
en Vitalia al Plata de fecha 26 del pasado Junio, 
como sigue : «Está formada por una burda tela pin- 
tada de negro. En el medio tiene el Yesuvio en lla- 
mas, originariamente rojo. Digo originariamente: 
porque el tiempo ha desteñido en mucho el color» 
al punto de que el rojo se ha tomado amarillento y 
anaranjado. Tiene, en resumen, aquellos matices 
que sólo el tiempo, magistral y originalisimo artista, 
posee en su paleta. La bandera es larga un metro 
y 75 cent, y es ancha un metro y 25 cent. La parte 
superior está remendada. Además lleva una ins- 
cripción en la extremidad superior é inferior. Ella 
reza: Hazaña del 8 de Febrero de 1846^ reali- 
zada por la Legión italiana á las órdenes de Garír- 
baldi. » 

Para proceder en un todo metódicamente, dividi- 
remos el análisis de la tradición que se refiere á esta 
enseña en dos partes, agrupando en la primera todo 
lo pertinente á su origen y en la segunda todo lo 
quie respecta á la forma en que ella ha llegado á po- 



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-25- 

der de la familia Fiorito — siempre según lo dicho 
por las personas que dan pie ala aseveración termi* 
nante del señor Pereda. 

Aunque el procedimiento minuciosamente analí- 
tico que hemos adoptado pueda fatigar un tanto á 
nuestros corteses lectores, no creemos lícito apar- 
tamos de él, por conceptuar que se imponga inelu- 
diblemente en toda averiguación histórica concien- 
zuda. Pedimos, pues, disculpa por la prolijidad 
obligada, y encarecemos á las personas que tienen la 
amabilidad de prestamos su atención, se fijen en 
todos los detalles de lo que vamos á exponer á con- 
tinuación. 

Las cartas que el señor Pereda inserta en su folleto 
Los extranjeros en la Guerra Grande, asignan á la 
bandera descrita por Arturo Pozzilli el origen que 
se desprende de las siguientes referencias: 

El primero de los supervivientes de aquella época 
que hizo manifestaciones públicas al respecto, du-^ 
rante la polémica de 1896, fué el señor Bardino, 
quien, como se recordará, no tomó parte en la expe- 
dición al Uruguay. Su carta, aparecida en El Siglo 
de fecha il de Enero de aquel año, contiene este 
pasaje: <cLa (bandera) que flameó en la Batalla de 
San Antonio y que hoy se halla depositada en ma- 
nos de la viuda del capitán Fiorito, fué construida 
en viaje de Montevideo al Salto, cuando la Legión 
se trasladaba á aquel departamento en misión del 
gobierno oriental. La razón de haber tenido que 
construir esa bandera que cubrió de gloria á los que 
pelearon á su sombra en los campos de San Anto- 
nio, es clara: la Legión italiana, por motivo de la 



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-28- 

orden recibida para trasladarse al Salto, tUYO qa6 
dividir sus fuerzas; dejó en esta capital, para conti- 
nuar su defensa, dos terceras partes de hombres, 
entre los que se hallaba el que esto reseña, y la otra 
tercera parte pasó al punto nombrado; á los que 
aquí quedamos nos dejó Garibaldi la bandera vieja, 
y por el camino, los que marcharon al Salto, se cons- 
truyeron otra. Esta manera de fabricar pabellones 
parecerá extraña, pero era como se vivía en aquel 
tiempo, en que tantos héroes hubo en esta tierra, m 
Luego, con fecha 11 de Enero de 1896, y probable- 
mente escritas después de haber aparecido la mani- 
festación anterior del señor Bardino, La Razón del 
12 publicó dos cartas más, dirigidas al señor Pereda 
y firmadas respectivamente por los legionarios que 
tomaron parte en la expedición al Uruguay, señores 
Suffiotto y Viglione. La primera dice sobre el parti- 
cular: «Esa bandera fué hecha por el teniente Suci, 
precisamente para los legionarios que con él y á ór- 
denes del general Garibaldi salimos á campaña. 
Está usted, pues, en la verdad cuando afirma que la 
bandera que usa el Círcufo Legionario Garibaldino 
es la misma que el 8 de Febrero de 1846 tenia la Le- 
gión italiana.» La segunda manifiesta: «Cuando se 
hizo la expedición (al Uruguay), el general Gari- 
baldi reunió á sus compañeros y pidió que le siguie- 
ran los que voluntariamente quisieran ir con él, y con 
200 y tantos hombres efectuó su excursión al Uru- 
guay. Al salir de Montevideo usó una segunda ban- 
dera, igual á la ya descrita (la prinútwa que, se* 
gún dijo anteriormente, contenía en el reverso dos 
canillas jr una calavera), con excepción de la cala- 



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-27- 

irera, y esa segunda bandera es la que se encuentra 
en poder de la viuda del capitán Fiorito y que usa 
en sus fiestas anuales el Círculo Legionario Gari» 
baldino.j^ 

Más tarde, enterado, como dice él mismo, ife las 
publicaciones aparecidas en La Razón y El Siglo, 
el señor Gannoniero, que no estuTO en la expedición 
al Uruguay, escribió al señor Pereda desde Pay* 
sandú, con fecha 18 de Enero de 1896, declarando 
acerca del tópico en tela de juicio : «Cuando parte de 
la Legión salió de Montevideo, yo quedé con el resto 
de ella, que mandó el valiente comandante Bottaro» 
y la primera bandera no ñié llevada en esa excursión» 
pnes quedó en nuestro poder. La segunda ñié hecha 
en el camino, según supe después, por el teniente 
Suci, y, como la anterior, era también de lienzo. » 

Finalmente, contestando á una especie de cuestio- 
nario que le dirigiera el señor Pereda, el señor Pin- 
chetti, que se encontró en el combate de San Anto* 
nio, hizo, también desde Paysandú y con fecha 18 de 
Enero de 1896, esta referencia, al enumerar las ban- 
deras que tuvo la Legión italiana: a La que cons- 
truyó el teniente Suci y empleamos en toda la cam- 
paña. y> 

Á las anteriores manifestaciones de 1896, hay que 
agregar ahora la siguiente, publicada por Arturo 
Pozzilli en U Italia al Plata de fecha 2S de Junio 
ñltímo. Preguntado por el director del diario ita- 
liano, el señor Yiglione ha dicho : a Guando la Le- 
gión fué enviada á campaña, se dividió en dos gru« 
pos. Uno quedó en Montevideo al mando de Bottaro; 
el otro» compuesto de 200 hombres, salió con Grari- 



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— 28- 

baldi para el litoral. En el camino, Garibaldi mandó 
hacer otra bandera. Era de lienzo, pintada de negro, 
con el Vesuvio en rojo. Ésta tremoló en San An- 
tonio.» 

Resumiendo, la aseveración del señor Pereda re- 
solta abonada, como se ve, por la palabra de cinco 
supervivientes de la Guerra Grande, de los que dos, 
ó sean los señores Bardino y Cannoniero, no toma- 
ron parte en la expedición al Uruguay, y tres, ó 
sean los señores YigUone, Suffiotto y Pinchetti, se 
hallaron en el combate del 8 de Febrero de 1846. El 
primero dice, acerca de la bandera descrita por 
Arturo Pozzilli, que flameó en la batalla de San 
Antonio jr fué construida en oiaje de Montevideo al 
Salto; el segundo, que^tt^ hecha en el camino por el 
teniente Suci; el tercero, que Garibaldi, al salir de 
Montevideo y usó la bandera que se encuentra enpo- 
der de la viuda del capitán Fiorito^ — manifestación 
complementada tiltimamente con la traída por Vita-- 
lia al Plata, de que en el camino Garibaldi mandó 
hacer esa bandera, la cual tremoló en San Antonio; 
el cuarto, que esa bandera fué hecha por el teniente 
Suci y es la misma que el 8 de Febrero de 1846 
tenia la Legión italiana ; y el quinto^ que la que 
construyó el teniente Suci fiíé empleada por ellos en 
toda la campaña. 

Tenemos, pues, cinco testimonios contestes en que 
la enseña, de la cual se trata, ha sido hecha durante 
la travesía de Montevideo al Salto, y sólo divergen- 
tes en dos detalles, por cuanto dos de eUos, ó sean 
los de los señores Bardino y Viglione, no especifican 
quién la hizo, mientras los tres restantes, ó sean los 



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de los señores Cannoniero, Sufiiotto y Pinchetti» 
atribuyen terminantemente su paternidad al teniente 
Suciy y por cuanto los testimonios de los señores 
Bardino y Yiglione concuerdan en que tal enseña 
flameó en San Antonio, mientras el del señor Suf- 
fiotto consigna sólo que esa bandera, el 8 de Febrero 
de 1846, la tenía la Legión, el del señor Pinchetti 
menciona simplemente que ella fué empleada en toda 
la campaña, y el del señor Cannoniero nada dice 
acerca de este particular. 

Indudablemente, tomadas asi en bulto y sin bene- 
ficio de inventario, semejantes declaraciones pare- 
cen tener mucho peso, tanto por su número como 
por el carácter de las personas que las emiten, desde 
que se trata nada menos que de tres actores en el 
glorioso combate y de dos legionarios que quedaron 
en Montevideo con las ñierzas al mando del bravo 
Bottaro. 

Sin embargo, á esa especie de paralelogp:*amo de 
cinco ñierzas, cuya resultante tiende á dejar sentada, 
como hecho incontrovertible, la aseveración de que 
la bandera actualmente en poder de la familia Fio- 
rito fué bautizada con el humo de la pólvora en San 
Antonio, yo voy á contraponer toda una serie de 
consideraciones basadas en la lógica y toda una serie 
de hechos y documentos, estos últimos hasta ahora 
completamente inéditos. 

Los lectores imparciales y criteriosos juzgarán 
después de qué lado se inclina, en forma decisiva y 
clara, el platillo de la balanza, y pronunciarán el 
fallo definitivo. 

Pero, como el desarrollo adecuado de tan impoiv 



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-80- 

tante &z del asanto ya no paede caber en los límites 
del presente artículo, me veo en la absoluta necesi- 
dad de aplazarlo para el artículo sígnente. 



VI 



He dicho que al testimonio de los legionarios se- 
ñores Bardino, Cannoniero, Viglione, Suffiottoy Pin- 
chetti voy á contraponer toda una serie de conside- 
raciones basadas en la lógica y toda una serie de 
hechos y de documentos, estos últimos hasta ahora 
completamente inéditos, porque, como me enseña 
el señor Pereda, refiriéndose á la polémica de 1896, 
en su folleto Los extranjeros en la Guerra Grande^ 
«las cuestiones históricas son muy delicadas y no 
basta contradecir un hecho para que éste pierda sus 
efectos. » 

A fin de que los lectores imparciales puedan apre- 
ciar debidamente la verdadera índole psicológica de 
ese múltiple testimonio, empezaré resumiendo los 
antecedentes fundamentales de la presente contro- 
versia. 

La primera vez que yo vi la enseña de la cual se 
trata, fué el 8 de Febrero de 1885, en la fiesta anual 
con que el «Círculo Legionarios Garibaldinos» con- 
memora el glorioso combate y á la que se me invitó 
amablemente en mi carácter de director de La Ban-- 
diera Italiana, que entonces publicaba en Monte- 
video. Al acto, que tuvo lugar en el restauránt sub- 
urbano «León de Caprera», concurrió también mi 



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- 31 - 

distíngnido amigo y valeroso garibaldino el conde 
Greppi, á la sazón cónsul de Italia ante el gobierno 
uruguayo. La enseña que se halla en poder de la fa- 
milia Fiorito fué desplegada después del banquete, 
para que la viéramos el conde Greppi y yo, recién 
llegado de Europa, y la impresión que me causó su 
estado de perfecta conservación fué tal que inmedia-^ 
lamente dudé de su autenticidad. Porque, aun pres- 
cindiendo de las demás acciones béUcas libradas por 
los expedicionarios al Uruguay, tenía presentes to- 
dos los detalles de la jomada de San Antonio, en la 
cual, como es sabido, un puñado de héroes peleó 
varias horas contra 900 hombres de caballería y 300 
de infantería al mando de Servando Gómez, y ha- 
llaba demasiado extraño que la bandera enarbolada 
en aquella hazaña no ofreciese ninguna huella de 
proyectiles ó de lanzazos y ninguna mancha de san- 
gre, cuando Garibaldi, en sus Memorie autobiogra- 
fiche, dice : oc Hasta las nueve de la noche sostuvimos 
la pelea, que había empezado á la una de la tarde 
aproximadamente; nosotros estábamos rodeados 
por una barricada de cadáveres ; sobre los cadáveres 
enemigos quedados entre nosotros, y en la línea 
donde se habían detenido para hacer fuego, encon- 
tramos abundante provisión de cartuchos; muchos 
fusiles mejores que los nuestros, dejados por los 
muertos y por los moribundos, sirvieron para armar 
á los milicos que no los tenían y á los oficiales, etc. , » 
y cuando entre los heridos graves que tuvieron que 
llevarse á lomo de caballo ó en hombros durante la 
retirada, en la cual los lanceros de Gómez llegaban, 
según agrega Garibaldi, á herir á los legionarios en 



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las filas, figura Cayetano Sacchi, á quien la versión 
del <x Circulo Legionarios Garibaldinos» da como 
abanderado en la expedición al Uruguay, en gene- 
ral, y, particularmente, en el combate del 8 de Fe- 
brero de 1846. Recuerdo que comuniqué en el acto 
mi impresión al conde Greppi y que también él se 
quedó profundamente perplejo. 

Con esa misma disposición de ánimo y todavía 
sin pruebas documentarias que pudieran demostrar 
victoriosamente la no autenticidad de la bandera en 
cuestión, abordé en 1896 la consabida polémica con 
el señor Pereda, conceptuando harto apresurado, 
cuando menos, lo de la enseña que el 8 de Febrero 
de 1846 hizo tremolar la palíente Legión italiana 
y que fué bautizada con el humo de la pólvora en 
San Antonio. 

Como era de esperarse, las dudas formuladas por 
mí en aquella oportunidad parecieron al a Círculo 
Legionarios Garibaldinos» más sacrilegas que á los 
católicos los martillazos de los iconoclastas, porque 
hasta entonces nadie había sospechado públicamente 
que su fe inconcusa en la genuinidad de la enseña 
rodeada de un verdadero culto épico pudiese no te- 
ner más base que una ilusión psíquica, hondamente 
arraigada por la sugestión colectiva. 

El primero de los miembros de esa Sociedad que 
rechazó, con sentida y sincera indignación, mis 
observaciones, fué su presidente, el señor Bardino» 
el más joven en dicho grupo de supervivientes de 
la Guerra Grande y, sin duda, como he iM>dido cons- 
tatarlo en varias ocasiones, también el más desen- 
vuelto en el manejo así de la oratoria como de la 



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Bandera del «Cfrcull 

Custodiada por la familia 



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onarlos Garlbaldlnos » 

o. — Reproducción fotog^ráfíca 



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-33- 

plumar-círcunstanciala cual no se escapará, por 
cierto, á la penetración de las personas que tienen 
alguna práctica de los modernos estudios de psi- 
cología. 

En el artículo anterior he reproducido íntegro el 
pasaje que la carta escrita por el señor Bardino en 
1896 dedica á la bandera del «Circulo Legionarios 
Garibaldinos d, y en él, como se ha visto, se consigna 
la afirmación terminante de que tal enseña fué 
construida en piafe de Montevideo al Salto. Ade- 
más, el señor Bardino explica la razón de haberse 
tenido que construir esa bandera ; razón qu.e cali- 
fica de clara y que, á su entender, consiste en el 
hecho de haberse quedado en Montevideo la primi- 
tiva bandera con el grueso de la Legión, por cuyo 
motivo los que marcharon al Salto se construye- 
ron otra por el camino. — Señalo, de paso, con- 
ceptuando de todo punto innecesario detenerme en 
refutaciones ociosas, lo anómalo de tal explicación, 
con arreglo á la cual resultaría muy claro y co- 
rriente que cualquier fuerza destacada se constru- 
yera una bandera para su uso y consumo — irregula- 
ridad todavía más inconcebible si se tiene presente 
que la enseña recibida solemnemente por la Legión 
en la ceremonia del 2 de Julio de 1843, ya se había 
cubierto de gloria en varios combates, y que al frente 
de la fuerza expedicionaria iban Garibaldi y An- 
zani, éste último jefe de escuela y rígido cumplidor 
de las ordenanzas militares. 

Pero la faz más interesante de la carta del se- 
ñor Bardino,'para la observación psicológica, no con- 
siste en esto : consiste en el impulso que su aseve* 



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-84- 

Tttcián perentoria ejerció sobre los demás legionarios» 
determinando las otras cartas de los señores Ti* 
glione, Safiiotto y Cannoniero. No coloco en el 
grupo la del señor Pinchetti, porque este glorioso 
resto de la Guerra Grande no sabe escribir, y sus 
manifestaciones, recogidas por los señores Balbis y 
González, fueron provocadas por una especie de 
cuestionario que le dirigió el señor Pereda. 

No yayan ahora los respetables señores Viglione, 
Sufñotto y Cannoniero á interpretar erróneamente 
mis palabras. Al hablar de impulso, yo no entiendo 
levantar ni la más remota duda aceix:a de la inde- 
pendencia y sinceridad de sus declaraciones, poste* 
riores á las del señor Bardino. Mi expresión perte- 
nece sólo á la terminología de los estudios psicoló- 
gicos, con arreglo á los cuales la sugestión se ejerce 
sin qae el sugestionado se dé la menor cuenta de 
eQa y obra en la plena convicción de poseer su 
perfecta autonomía y conciencia. 

Así, pues, aparecen sucesivamente las cartas de 
los señores Viglione, Suffiotto y Cannoniero, en las 
cuales el primero repite lo sustancial de lo afirmado 
por el señor Bardino; el segundo, creyendo hallar 
en stt memoria debilitada por los años un precioso- 
recuerdo complementario, agrega que la bandera,, 
cuya autenticidad se tiene la osadía de poner en tela 
de juicio, ha sido hecha por el teniente SncU preeU 
Bamentepara los legionarios que con ély á órde^ 
nes de Garibaldi salieron á campaña; y el tercero, 
enterado, como manifiesta en los comienzos de su 
earta, de las publicaciones aparecidas en €La Jta-- 
jsóny> X €El Siglo», las cuales comprendían tam*- 



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-36- 

bien la carta del señor Sufflotto, cree recordar, á su 
vez, el importante detaUe exhumado por su anterior 
compañero, y se apresura á ratificarlo diciendo : la 
segunda (bandera)/»^ hecha en el camino, como 
supe después, por el teniente Suci. Indudablemente 
responde al mismo proceso psíquico también la refe- 
rencia hecha por el señor Knchettí á los señores 
Balbis y González, aunque enfoi-ma seca y de paso, 
mencionando la que construyó el teniente Suci jy- 
que emplearon en toda la campaña— {r^se en la 
cual hasta se repite el término inapropiado de cons- 
truir empleado por el señor Bardino. 

Casi presintiendo la deducción que fluye natural- 
mente de todo esto, si se para mientes en el hilo ín- 
timo, inadvertido por las personas carecientes de 
nociones psicológicas, que liga entre sí y eslabona 
los cinco testimonios susodichos, y que, al final de 
cnentas, reduce su multiplicidad á la simple unicidad, 
como, en acústica, el eco múltiple repercute una sola 
Toz — el señor Pereda me advierte que los declaran- 
tes, en cuyas manifestaciones fiínda su afirmación de 
la bandera bautizada con el humo de la pólvora en 
San Antonio, son hombres de verdad j' de clarí- 
sima memoria. 

Pues bien : nadie más que yo rinde cumplido ho- 
menaje á la absoluta sinceridad de esos antiguos 
compañeros de Garibaldi, en quienes el contacto con 
aquel gran corazón, digno de las páginas más lumi- 
nosas de Plutarco, parece haber impreso el des- 
tello de un verdadero culto por todo lo levantado y 
noble, y entre lo levantado y noble figura también 
la verdad. 



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-36- 

Pero eso de la clarísima memoria es cuestión que 
cae bajo el dominio de la fisiología, la cual dicta le- 
yes inflexibles, contra las que nada pueden, desgra- 
ciadamente, el sentimiento ni el sentimentalismo. Y 
tales leyes dicen que el organismo humano, á cierta 
altura de la vida, tiene que funcionar imperfecta- 
mente ; imperfección que, por otro lado, lo hace más 
accesible que nunca á la sugestión. — Tenga pre- 
sente el señor Pereda que desde el heroico combate 
de San Antonio han pasado más de 58 años ; agre- 
gue á esta cifra la edad que cada uno de sus decla- 
rantes tenía en aquella época y saque la ilación 
lógica. 

En efecto, durante el curso de estos artículos, ya 
he descubierto el error en que han incurrido los se- 
ñores Bardino y Viglione al aseverar que la primi- 
tiva bandera de la Legión tenía en el reverso dos ti- 
bias cruzadas con un cráneo superpuesto, y el error 
cometido por los mismos en unión con el señor Can- 
noniero, al asegurar que Garibaldi, cuando en 1848 
salió para Italia, se llevó la enseña regalada el 15 
de Marzo de 1846 por la señora doña Bernardina 
Fragoso de Rivera — inexactitudes de positiva im- 
portancia, que prueban la inflexibilidad de las le- 
yes fisiológicas mencionadas. 

Ahora, en el artículo siguiente demostraré, en 
forma no dudosa y documentada, que el teniente 
Suci no puede haber hecho la bandera de la cual se 
trata; de manera que, eliminado el puntal principa- 
lísimo de la leyenda, ésta tendrá que quedarse en 
los aires, hasta que yo evidencie su índole com- 
pletamente sugestiva, en cuyo caso ella concluirá por 



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— 37 — 



desvanecerse como suelen los engañosos y atrayen- 
tes mirajes á la aproximación del explorador. 



vn 



¿Y por qué el teniente Suci no puede haber hecho 
la bandera de la cual se trata? 

Á esta pregunta, que, según todas las probabili- 
dades, el último párrafo del artículo anterior habrá 
puesto en los labios así del señor Pereda, que con- 
signó el importante detalle probatorio de la auten- 
ticidad de la enseña, como de los legionarios Can- 
noniero, Suffiotto y Pinchetti, que le suministraron 
él dato respectivo, contestaré empezando por utili- 
zar las propias informaciones que lucen solemne- 
mente en las páginas 278 y siguientes del folleto Los 
extranjeros en la Guerra Grande. Asistiremos, 
pues, á una pequeña reproducción del mito an- 
tiguo de Saturno que se comía á sus hijos. 

Escribe el señor Pereda en el lugar indicado: 
« Como complemento de cuanto llevamos dicho res- 
pecto á la valerosa Legión italiana, creemos prestar 
un importante servicio á la historia haciendo cono- 
cer la nómina de los legionarios que acompañaron 
al general Garibaldi en su excursión á los pueblos 
cuyas riberas baña el río Uruguay. — En ningún do- 
cumento público figura, ni existe constancia de ello 
en los archivos del estado mayor, al cual hemos 
recurrido en busca de datos para completar ó recti- 
ficar nuestras informaciones de fuente particular. — 



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-38-- 

Sin embargo, las primeras listas formadas después 
de su regreso del Salto, que Ueyan por fecha el 19 
de septiembre de 1846, nos han servido para llenar 
algunas omisiones, con el poderoso auxüio de los 
legionarios sobrevivientes señores Viglione y Ser- 
vetti, y para aclarar nombres y apellidos, dudosos 
ó equivocados, de la que obraba en nuestro poder. 
— Con motivo del fallecimiento del general Gari- 
baldi, el doctor Adolfo Deroseaux, que se halló como 
médico en la acción de San Antonio, dio á luz una 
lista en La Patria Italiana^ de Buenos Aires, co- 
rrespondiente al 17 de Junio de 1882, y ella nos ha 
servido principalmente para realizar nuestro objeto« 
— He aquí ahora la nómina de los expedicionarios 
á que nos hemos referido. » 

Y, á continuación, el señor Pereda publica 298 
nombres, ordenados por compañías, con sus oficia- 
les, sargentos y cabos correspondientes, y clasificad- 
dos en estas cuatro categorías: muertos, heridos» 
ilesos y quedados en el Salto durante la jomada del 
8 de Febrero de 1846. 

Como se ve, el autor de Los extranjeros en la 
Guerra Grande ha reconstruido el precioso docu<» 
mentó, sin omitir esfuerzos ni cuidados para evitar 
toda posibilidad de error, y poniendo á contribución 
la lista publicada por el testigo presencial doctor De* 
roseaux, el archivo del Estado Mayor y el poderoso 
auxilio de los legionarios señores Yiglione y Ser^ 
vetti, actores en el combate de San Antonio— cir« 
cunstancias múltiples que no permiten dudar de la 
perfecta exactitud de esta Nómina de los eoq^edido-» 
narios de la Leg-ión. 



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Pues bien: impulsado por natural curiosidad de 
averiguar en qué compañía formaba el teniente Suá» 
Á quien los legionarios señores Cannoniero, Suffiotto 
y Pinchetti» y, por consígnente, también el señor 
Pereda, atribuyen la paternidad de la bandera ea 
cuestión, he recorrido reiteradamente aquellos nom-^ 
bres, arribando, por último, á la conclusión, un tanto 
curiosa, pero no por eso menos verídica, de que en 
la nómina antedicha no existe ningún teniente Suci. 
Todos y cada uno de mis corteses lectores pueden 
controlar á sus anchas la exactitud de mi aserto, por- 
que el folleto del señor Pereda se encuentra en venta 
en las librerías de Montevideo y de Buenos Aires. 

El teniente Suci no ha podido hacer la bandera» 
por legítimo impedimento. 

Lo único que he encontrado en esa recorrida-— 
porque, lo confieso lealmente, algo he encontrado— 
ha sido un simple soldado ó un soldado simple—como 
mejor guste — apellidado Juan Bautista Suci, quien, 
según el documento de la referencia, formaba en la 
segunda compañía, mandada por el capitán José 
Marocchetti, y á la cual pertenecía, con el grado de 
cabo, también el señor Pedro Yiglione. 

Me doy perfecta cuenta de la importancia que en* 
cierra este descubrimiento, y no me disimulo que la 
aparición de un soldado Suci auténtico compensa 
satisfoictoriamente la ausencia del teniente homónimo, 
porque el testimonio de los legionarios Cannoniero» 
Suffiotto y Pinchetti sufre con ello solamente una 
pequeña rectificación, algo así como una metátesis» 
y después continúa en pie más sólido que nunca. En 
efecto, el público imparcial tiene el derecho indiseu* 

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-40- 

tibie de transferir la paternidad de la bandera, como 
probablemente se apresurarán á hacerlo los legiona- 
rios susodichos, del teniente Suci al soldado Suci, 
cuya existencia parece documentar la nómina del se* 
ñor Pereda, y la demolición de la leyenda no habrá 
adelantado gran cosa. 

Pero es el caso que, no obstante tal documenta* 
ción, asoman yehementes sospechas de que el sol- 
dado Suci tenga algún parentesco con el teniente 
homónimo, por lo que respecta á su autenticidad, en 
atención á la circunstancia de que su nombre figura 
en la categoría de los muertos en el combate de San 
Antonio, y, á pesar de que semejante particularidad 
haya sido establecida, sin duda, con el poderoso au- 
xilio del legionario sobreviviente señor Viglione, 
camarada del difiínto, el soldado Suci no aparece en 
la lista de los legionarios muertos en la joi*nada del 
8 de Febrero de 1846 que obra en mi poder y que se 
halla consignada en el Diario inédito de la Legión 
italiana. 

Con ésta van tres veces que, en el curso de los pre- 
sentes artículos, yo cito tal documento informativo, 
verdaderamente precioso y, por fin, ha llegado el 
momento oportuno de decir algo á su respecto. 

El General Garibaldi, enla página 167 de sus ikf^mo* 
rie autobiografickey escribe acerca de la joi*nada de 
San Antonio : « Los nombres de los valientes, muer- 
tos ó heridos en el conflicto glorioso, existen en el 
diario de la Legión tenido por Anzani, » y, cuando 
en 1848 Garibaldi se embarcó con un grupo de sus 
compañeros para Italia, ese diario fué entregado por 
Anzani al doctor Bartolomé Odicini. 



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-41- 

Pues bien: cada vez que yo menciono el Diario 
inédito de la Legión italiana, me refiero precisa* 
mente á ese mismo documento citado por el Ge- 
neral Garibaldi en sus Memorie autobiogr afiche, 
y que la gentilísima familia del doctor Odicini ha 
tenido la gran deferencia de poner á mi disposición, 
conjuntamente con otros autógrafos, como dije en 
uno de mis artículos anteriores. 

La sola mención de fuente tan autorizada basta 
para conferir autenticidad absoluta á lo que voy á 
exponer en seguida. 

El señor Pereda, pues, da en su folleto la siguiente 
lista de legionarios muertos en el combate de San 
Antonio, incluyendo, como se verá, al soldado Juan 
Bautista Suci : 

1 Juan Sufo, 2 Bernardo Demarini, 3 Juan Sasso» 
4 Juan Pittaluga, 5 Alejandro Gabani, 6 José Ace- 
vero, 7 Antonio Fregata, 8 Luis Russi, 9 Antonio 
Antonelli, 10 José Gnicco, 11 José Dossio, 12 Juan 
Bautista Biosa, 13 Luis Torterolo, 14 José Calvi, 15 
Joaquín Sarabia, 16 Francisco Larrocchia, 17 Jacobo 
Russi, 18 Luis Sckinca, 19 Policarpo Sighigno, 20 
Juan Bautista Dagnino, 21 Antonio Carlone, 22 An- 
tonio Disondro, 23 Moliné, 24 Juan Pedro, 25 Juan 
Peluto, 26 Luis Soto, 27 José Carbone, 28 Juan Re- 
vella, 29 Juan Pesaro, 30 Juan Bautista Suci, 31 
Juan Mazaroldi, 32 Francisco Fontana, 33 José Pio- 
vano, 34 Luis Venzano, 35 Libertini Pérez l.<>, 36 
Antonio Osalino, 37 Scavino, 38 Antonio Felipe, 
89 Juan Rebagliatti. 

■ Por de pronto, lo que salta á la yísXsl prima facie, 
. al hojear semejante lista, es el número de muertos 



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-42- 

qae el se&or Pereda atribuye á la Legión italiana en 
aqael combate» cuando es perfectamente sabido qae 
Garibaldi en su parte al Ministro de la Guerra, de 
fecha Febrero 10 de 1846, dice, aunque con alguna 
impropiedad: «La Legión tuvo 30 muertos y 53 he- 
ridos ; » y el coronel Bemardino Báez, expresándose 
con mayor exactitud, manifiesta en su parte de igual 
fecha, al Brigadier General don Anacleto Medina: 
«El coronel Garibaldi dejó sólo treinta individuos 
de tropa muertos. x> — Observo la impropiedad de la 
dicción de Garibaldi, por cuanto no todos los muer- 
tos en el combate de San Antonio pertenecían á la 
Legión, desde que cayeron también algunos de la 
caballería á órdenes de Báez, y especialmente de su 
escolta de lanceros, formada por 36 muchachos de 
pocos años. 

De paso, vale también la pena de apuntar, en ob- 
sequio á la delicadeza de las cuestiones históricas, 
invocada en la página 255 de su folleto por el señor 
Pereda, que esa nómina, arroja un total de 37 heridos, 
cuando el ya citado parte del General Garibaldi fija 
tales bajas en 53, número ratificado completamente 
por todas las fuentes autorizadas de información á 
las cuales he creído de mi deber acudir para el con- 
trol correspondiente. 

Volviendo ahora á la lista de los muertos en el 
combate de San Antonio, el General Garibaldi, des- 
pués de mencionar á algunos de los legionarios caí- 
dos en los varios combates, dice, con cierta amar- 
gura, en la página i79 de sus Memorie autobiografi" 
che: «Hubiera conceptuado un deber sagrado recor- 
dar todos los nombres de esos valerosos italianos que 



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-43- 

tan bella y Ten^rada hicieron á nuestra patria en 
aquellas lejanas regiones, y por los que el italiana 
que desembarca ahora en aquella importantísima 
parte del Nuevo Mundo es considerado casi ciuda- 
dano por los buenos y respetado por los que suelen 
ver un enemigo en cada extranjero. En el diario de 
la Legión italiana, tenido por Anzani, y que no sa« 
bria encontrar ahora» están, á no dudarlo, consiga- 
nados los nombres y las hazañas de esos valientes. 
Yo, consultando mi pobre memoria, he podido recor-* 
dar algunos, pero el mayor número, seguramente, 
me es imposible recordarlo. » 

Me parece, pues, cumplir un deseo delgrán extinto, 
extractando del Diario inédito de la Legión italiana» 
y publicando sin mayor demora los nombres de los 
legionarios muertos en San Antonio, ó de resultas de 
las heridas recibidas en aquel glorioso combate. 

Helos aquí: 

1 Saínente Mmmé Calvly de 46 años, soltero. 

2 Legionario J««é AMecc#9 de 23 años, soltero. 

3 Legionario AcsstfM Bmmmmf de 24 años, sol- 

tero. 

4 Legionario Lnüi T«rtar«l«9 de 21 años, sol« 

tero. 

5 Legionario Mwuuk Banltota Blag g !•, de 23 

años, soltero. 

6 Legionario ■«•reas* TraTers^, de 25 años, 

soltero. 

7 Legionario Wmmmmímem Rcbclla^ de 29 años, 

soltero (i). 

(1) Rebélbi, tfgam, Taliesto loldado, 4ie« Garibaldi en wn» MémofU 
mUokkgrmfiehé, pág. 177. 



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-44- 

8 Legionario Bcrmard^ BcmarlMl, de 33 años, 

soltero. 

9 Cabo Jaaii ZafV»9 de 38 años, soltero (i). 
10 Cometa José Pofffft <a) Scayino 2.o, de 17 

años, soltero (2). 
' 11 Legionario TIccMle Plttalvf a, de 39 años, 
soltero. 

12 Legionario Jaaii Saaaay de 33 años, soltero. 

13 Legionario Lata Baaal, de 29 años, soltero. 
• 14 Legionario Alejandra Aabanly de 39 años, 

casado (3). 

( 1 ) Piamontés, TaUente. En el prlodpio del combate de San AntOD'o 
faé herido de trae balazos que le quebraron las pieroaa j le deafigoraroD 
la cara. Le ayudé á montar á caballo en la retirada, pero no llegó il 
Salto. 8n cadáver fué hallado al dfa signleote en el Urugoay. — Gaiibaldi, 
pbra citada, pág. 177. 

(2) Un clarín, joven de apenas quince años, pequeño, grueso, de pelo 
rojo, quien durante el combate nos había continuamente alentado con k-a 
toques de su corneta. Fué herido por un jinete enemigo de Tarios lan- 
sazos. Entonces, tirar el clarín, desenyalnar el facen j abalanzarse sobre 
el heridor, fué ana cosa sola. En balde éste trataba de desasirse empo- 
jando el caballo á la disparada; el yaleroso darfn, prendido de la pieina 
derecha de su enemigo, le iba golpeando con furiosas cuchi'ladas, hasta 
que le tí abandonar su presa y caer con la cabeza partida de un hachszo. 
Pero, al mismo tiempo, el jinete rodaba, á su vez, atravesado por una 
bala de los nuestros, j habiendo examinado su cadáver dcspuéa del com- 
bate, le encontré la pierna desgarrada por numerosas eochiUadas j con Is 
huella de los dientes del jovencito. — JRioordi*, de Cayetano Sacchi, publica- 
dos por José Guerzoni en su Oaribaldi, pág. 181. 

(8) Alejandro Qabani, de Venecia, herido mortalmente en el estómago 
de un balazo enemigo y persuadido de tener que morir muy pronto, re- 
husa los auxilios que se le querían prestar y dice, ftrme en su lesolucién: 
«¿Para qué queréis llevarme á lomo de caballo? El lugar que ocuparía 
yo podéis darlo á otro hermano cuyas heridas dejen esperanza de salva- 
elén; de todos modos yo estoy perdido; es mejor que salvéis 4 an hom- 
bre vivo en vez de un cadáver. Sólo os pido que concluyáis con el pe- 
noso hflo de vida que todavía me queda ; y eso por gracia oa lo pido, á 
fin de que con mis i»afri mientes no goce después de vuestra salida el 
feroz soldado de Oribe. » Qabani no quiso que se le salvara, pero ninguno 



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— 45 — 

i5 Legionario Pallcarpa mtghígwkmj de 23 años» 
soltero. 

i6 Legionario Antonia Berratl, de 35 años, sol- 
tero (1). 

17 Legionario Jnan Baatl«ta Baeillo, de 32 
años, soltero. 

48 Legionario Mmmé «rlllo, de 37 años, soltero. 

i9 Legionario AguAtia Ott«nelto, de 20 años, 
soltero. 

20 Legionario Jnan BanllAta RebacUall, de 

38 años, soltero. 

21 Sargento JTaaa BaallAta Badina (a) Giusta 

Jangá, de 39 años, soltero. 

22 Legionario Anlania Playanat de 44 años» 

casado. 

23 Legionario Lata Tenzana, de 22 años, sol- 

tero (2). 

24 Legionario Eatoban Aaaaliaa, de 23 años, 

soltero. 

25 Legionario Carlaa Crermana,, de 28 años, 

soltero. 

26 Teniente Bernardina Snáréz, de 30 años, 

soltero. 

Esta lista, como se ve, documenta, en forma no 
dudosa, la no existencia, entre los muertos, dellegio- 

ée loB legionarios tUTO el valor de anatraerlo á la saña del eradelfsimo 
enemiga. Qaedó en el eampe 7, doi dfáa después, los compafiexos halla- 
ran BU cuerpo mntUado j degollado. — Memorias inéditas del doctor Bar^ 
toíomé Odicini, que obran en mi poder. 

( 1 ) Lfgure, falleddo en el Salto de resultas de las heridas recibidas 
«n San Antonio. — Garibaldi, obra citada, página 177. 

(2) Ugure, fallecié en el Salto por herida redbida en San Antonio.— 
QariUüdi, obra eitad», pág, 177, 



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-«- 

iMtrio Juan Bautista Saci y» á la vez, documenta va- 
rios otros pequeños errores de números y dé nom- 
bres en que ha incurrido el señor Pereda, no obstante 
el poderoso auxilio de los señores Viglione y Ser- 
TettL 

Después de todo eso, ¿qué garantías documenta- 
rias puede exhibir el autor de Los extranjeros en la 
Querrá Grande, las cuales nos obliguen á creer 
razonablemente en que haya existido un Suci con- 
feccionador de la bandera en cuestión y, por ende, 
pintor; porque esa enseña, como se sabe, está for- 
mada por una tela pintada de negro, que en el me- 
dio tiene el Vesurío en llamas pintado de rojo? 

Continuaremos en el artículo siguiente. 



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He dicho, en los comienzos de esta exposición, que 
mi propósito es agotar, si es posible, la presente 
controversia en' todas sus faces. Por lo tanto, me 
conceptúo en el deber de prevenir una objeción que 
cabe dentro de lo verosímil, y de formular una hipó- 
tesis admisible en el vastísimo campo de las suposi- 
ciones. 

La objeción es la siguiente : Desde el momento 
que la Nómina de los expedicionarios de la Legión, 
reconstruida y publicada por el señor Pereda, ado- 
lece de tantas y tan graves inexactitudes, queda en 
pie la duda de que, no obstante no figurar en aquel 
documento, se haya realmente encontrado un te- 



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-47 — 

xiiente Snci entre la oficialidad de la Legión italiana 
qae acompañó á Garibaldi en sa expedición al Ura- 
gaay. Y tal argomentación adquiere mayor consis- 
tencia por el hecho de que en esa nómina no se 
menciona tampoco al valeroso capitán Luis Mon- 
taldi, que, á la salida de la expedición, mandaba la 
cuarta compañía, y á quien Garibaldi envió, el 10 de 
Octubre de 1845, desde el Hervidero á Montevideo 
con comunicaciones para el gobierno y con dos go- 
letas apresadas durante la travesía. Omisión de todo 
punto lamentable, por la circunstancia de que, ata- 
cado ese convoy por ñierzas oribistas frente á Pay- 
sandú y abandonado por los pocos hombres de 
caballería que lo custodiaban, Montaldi lo defendió 
heroicamente, á punto de que los enemigos, admira- 
dos de tanto valor, le respetaron la vida y lo tuvie- 
ron prisionero hasta que fué rescatado cuando el 
General Fructuoso Rivera, en Diciembre de 1846, 
se apoderó de Paysandú. Murió en la defensa de 
Roma el 30 de Abril de 1849. 

Pero el examen cuidadoso así del Diario inédito 
de la Legión italiana, como de los demás documen- 
tos que obran en mi poder, ha arribado á la leal 
conclusión de que, enti*e los oficiales pertenecientes 
á la expedición salida á las 4 p. m. del 27 de Agosto 
de 1845 del puerto de Montevideo á las órdenes de 
Garibaldi, no había ningún Suci. 

La hipótesis es ésta : Aunque queda probado feha- 
cientemente que tampoco ningún legionario Suci 
murió en San Antonio, ni de resultas de las heridas 
recibidas en aquel combate, supongamos que en la 
segunda compañía, que mandaba el capitán Marnxv 



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-48- 

chetti y en la cual formaba también el superviviente 
señor Pedro Viglione con el grado de cabo, haya 
existido, como afirma la nómina publicada por el 
señor Pereda, un soldado de ese apellido. 

Perfectamente : admito de mil amores semejante 
hipótesis y me apresuro á averiguar, sin la menor 
idea preconcebida, cómo el supuesto Juan Bautista 
Suci se las compondría para pintar, en el viaje de 
Montevideo al Salto, la bandera que fué bautizada 
con el humo de la pólvora en San Antonio y que 
ahora posee el Círculo Legionarios Garibaldi- 
nos. Ahí tenemos, afortunadamente, al señor Pedro 
Viglione, que, en su carácter de compañero y de 
superior jerárquico inmediato, podrá, sin duda, 
suministramos detalles minuciosos, abundantes é 
interesantísimos. Vamos á ver: ¿Era el tal Suci un 
pintor de oficio ó un simple aficionado? ¿En qué 
feliz rincón de la goleta «Maypú», donde iba embar- 
cada la fuerza expedicionaria, encontró el pincel y 
los colores para pintar la bandera? Y, si no halló 
á bordo esos elementos indispensables para seme- 
jante trabajo, ¿con qué propósito los llevaba en su 
mochila? ¿Sería quizás con el de tomar algún apunte 
de lo real para algún cuadro de paisaje ó de carác^ 
ter militar que tenía proyectado? Trate el excelente 
señor Viglione de hacer memoria y tenga la bondad 
de proyectar un poco de luz sobre estos puntos com- 
pletamente dudosos. 

Pero el señor Viglione, cuya deferente amistad na 
tomará, por cierto, en mala parte la entonación ino- 
centemente retozona de las líneas anteriores, porque 
sabe el alto aprecio y el vivo cariño que le profesa- 



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r Odlcinl, de fecha 21 de Agrosto de 1855 

rartas, con buena tinta, que se conserva de un negro perfecto 



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— 49- 

jnos; el señor Yiglione, que es de veras hombre de 
verdad, ha hecho ya memoria y consignado sincera- 
mente sus recuerdos en un reportaje que publica 
Vitalia al Plata de 26 de Junio último. Pues bien: 
-esos recuerdos excluyen terminantemente que algún 
Suci, oficial ó soldado, haya intervenido en la con- 
fección de la famosa bandera, con lo cual queda 
definitivamente eliminada la versión que el señor 
Suffiotto ha creído descubrir en el fondo de su cere- 
bro debilitado por los años, y que los señores Gan- 
noniero y Pinchetti han repetido por simple efecto 
de sugestión. 

En el reportaje -aludido, Arturo PozzUli, frente á 
la enseña depositada bajo la custodia de la distin- 
^^da familia Fiorito, pregunta: «¿Quién pintó la 
bandera?» y el señor Viglione contesta : «Fué cierto 
B.OSSÍ, apodado Bellinum. Aquí la señora debe po- 
seer dos cuadritos del mismo pintor. )» 

Y digo definitivamente, porque si hubiese exis- 
tido en la segunda compañía de la fuerza expedicio- 
naria un soldado Juan Bautista Suci, confeccionador 
de la famosa bandera, el de los supervivientes de la 
Guerra Grande que, en buena lógica, debiera recor- 
dar mejor el hecho, sería, sin la menor disputa, el 
^eñor Viglione, cabo de esa misma compañía. 

Por tanto, he cumplido, creo que satisfactoria- 
mente, la promesa formulada al finalizar el artículo 
VI, de que demostraría, en forma no dudosajr dO' 
cumentaday que el teniente Suci no puede haber he- 
cho la bandera de la cual se trata. Además, he 
probado que tampoco puede atribuirse tal paterni- 
dad al soldado homónimo que figura en la lista de 

4 

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-Bo- 
los expedicionarios publicada por el señor Pereda. 

Á guisa de complemento, podría ahora seguir la 
nueva pista que, acerca del supuesto autor de la en^ 
aeika cuya autenticidad se debate, indica el señor 
Viglione, tanto más que poseo buenos informes re^ 
lativos á la persona mencionada, la cual, durante la 
Guerra Grande, hizo numerosos retratos de Gari* 
baldi, de Anzani y de varios oficiales de la Legión 
italiana. Uno de tales retratos de Anzani fué rega- 
lado por mi amigo el ex garibaldino Francisco Car- 
ies! á Ricciotti Garibaldi, cuando, años atrás, ese 
general estuvo de paso en Montevideo. 

Pero, teniendo abierto por delante el amplio y 
cómodo camino real que conduce á la constancia de 
que en el combate de San Antonio no ha tremolado 
ninguna bandera de la Legión italiana, considero 
ocioso desviarme por las sendas transversales, cuyo 
recorrido, por otro concepto, me obligaria á exten- 
der, excesivamente y sin mayor provecho para la 
completa dilucidación del punto controvertido, esta 
rápida monografía. 

Reanudando, pues, el análisis critico intermm* 
pido por la anterior incidencia, considero conve- 
niente, antes de abordar la parte documentaria de 
eficacia decisiva, exponer algunas razones que, aun- 
que de simple carácter inductivo, contraponen, la 
fuerza poderosa de la lógica á las aseveraciones del 
señor Pereda y al testimonio de sus informantes, 
cuya validez queda ya bastante malparada cenias 
rectificaciones que he venido acumulando. 

En primer término, observo que, en la maltrecha 
If amina de los expedicionarios de la Legión^ el te* 



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— 61- 

niente Cayetano Sacchi figara entre los oficiales que 
estaban al frente de la primera compañía, mandada 
por el capitán Francisco Gassana; ubicación que, 
conforme á la práctica militar corriente, parece con*» 
tradecir al aserto de que el teniente Sacchi haya 
sido, durante la expedición, portabandera de la 
hipotética enseña de San Antonio. Porque ningún 
portabandera tiene mando de fuerzas y, en cambio, 
suele pertenecer á la Mayoría. De todos modos, si 
hubiese existido la enseña de que se trata, y ella hu- 
biese sido confiada al teniente Sacchi, no cabe la 
menor duda de que el nombre de este valiente ofi- 
cial hubiera figurado en las listas, que el señor Pe- 
reda ha compulsado en el archivo del Estado Mayor, 
con la calificación de abanderado, como figuraba 
antes de que la fuerza destacada á órdenes de Ga- 
ribaldi dejara en Montevideo la bandera de la Legión 
conjuntamente con el grueso del cuerpo. 

En segundo lugar, llamo la atención de los lecto- 
res imparciales sobre el hecho, muy significativo, 
por cierto, de que ni Garibaldi ni Sacchi, al relatar 
la jomada de San Antonio, aquél en sus Memorie 
autobiografiche (páginas 160 y siguientes), éste en 
sus Ricordi, cuyo pasaje pertinente á la hazaña del 
« de Febrero de 1846 ha sido publicado por José 
Guerzoni en Garibaldi (págmas 178 y siguientes del 
tomo i), nada, absolutamente nada, digan de la su- 
puesta bandera. Al contrario: varios detalles de 
esos dos relatos— como, por ejemplo, el de que los 
oficiales se armaron de fusiles encontrados sobre los 
cadáveres enemigos, y el otro de que Sacchi fué he- 
rido gravemente en una pierna, herida que, todavía 



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-52- 

después de regresado á Italia conjuntamente con 
Garibaldi, le obligó á guardar cama en su nativa 
Pavía, mientras en la cercana Milán su jefe organi- 
zaba apresuradamente los voluntarios cuyo mando 
acababa de confiarle el Gobierno Provisional — pa- 
recen excluir la presencia de cualíjuier bandera; 
pues, de otro modo, tales circunstancias hubieran 
proporcionado evidente opoi*tunidad de mencio- 
narla. Y ese silencio — si en San Antonio hubiese 
realmente tremolado la enseña que se dice confiada 
á Sacchi — sería inconcebible especialmente de parte 
del abanderado, quien, por muy modesto y muy la- 
cónico que fuera, hubiera, á no dudarlo, dedicado 
alguno de los copiosos pormenores, con que relata la 
heroica hazaña, á consignar, cuando menos, que, no 
obstante las trágicas angustias del combate tan des- 
igual y de la penosísima retirada, él, aunque grave- 
mente herido, regresó al Salto con la bandera. 
Argüir de otro modo, significaría tener un muy 
incompleto conocimiento del corazón humano. 

Por fin, aun admitiendo la innocua hipótesis de 
que los expedicionarios tuviesen la bandera actual- 
mente custodiada por la familia Fiorito — digo inno- 
cua, porque en seguida disiparé lo que todavía 
quede de la leyenda, empleando para eUo la palabra 
y la firma del General Garibaldi, ante cuyo decisivo 
testimonio tendrán que acallarse las últimas recal- 
citrancias — observo que la forma en la cual ocurrió 
el acontecimiento del 8 de Febrero de 1846, autoriza 
para deducir fundadamente que la supuesta enseña, 
en el caso de existir, no hubiera salido ese día del 
Salto. Porque Garibaldi acompañó al coronel Báez 



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— 53 — 

con 184 de sus legionarios, al encuentro del General 
Medina, sin adoptar ninguna de las medidas que 
corresponden en previsión de un combate, y sin so- 
lemnidad de parada militar : iba sencillamente como 
solía hacerlo á diario, ora para abastecer á la plaza 
de ganado, ora para batir á las guerrillas enemigas 
que se aproximaban con excesiva osadía, y ora para 
facilitarla incorporación de elementos adictos á la 
causa del partido colorado. Sus legionarios llevaban 
en la canana solamente dos paquetes de cartuchos- 
como dice el doctor Bartolomé Odicini en el relato 
inédito del combate de San Antonio, que obra en mi 
poder. Y la ausencia de todo aparato bélico y de 
revista militar queda todavía más evidenciada por 
la correspondencia del Salto, de fecha 19 de Febrero 
de 1846, aparecida en el número 4 de II Legionario 
Italiano, que á la sazón publicaba en Montevideo el 
]meritorio patriota Juan Bautista Cuneo y que tam- 
bién obra en mi poder — correspondencia en la cual 
se lee : «Esta salida fué hecha como un paseo militar 
más bien que con la idea de ir á pelear; tan es así 
que Garibaldi no llevó consigo ni sus pistolas. » 

Por otro lado, la consideración anterior resulta 
plenamente corroborada por una carta del coronel 
Susini, quien asumió el mando de la Legión italiana 
después de la partida de Garibaldi y Anzani para 
Italia ; carta fechada en Buenos Aires el 29 de Octu- 
bre de 1886 y que el ex legionario y actual coman- 
dante Manuel Echevarría exhibió recientemente á 
Arturo Pozzilli, quien, en Vitalia al Plata del 30 de 
Junio último, dice al respecto : « La carta comienza 
deplorando las escisiones que existían entre los le- 



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--54 — 

gipnaríos y los garibaldinos, contiene nobilísimas 
palabras de concordia, recuerda las virtudes supre« 
mas del Jefe, luego continúa: Eñ cuanto á la expe* 
dición del 45 al Uruguc¡y^ la Legión no lleQÓ han- 
dera alguna. La única bandera que nos cubría era 
la oriental que enarbolamos en nuestros buques de 
guerra orientales. En los campos de San Antonio 
no se llepó bandera alguna j^ Jamás he oído decir ^ 
tanto de Garibaldi como de Anzani, que se híyra 
hecho uso de tal bandera. Sigue después el coronel 
Susini observando que la batalla de San Antonio 
ocurrió, no por táctica preparada de antemano, sino 
por una de esas sorpresas no difíciles en la guerra, 
y que las tropas que tomaron parte en la jomada 
iban en exploración^ y por lo tanto sin bandera. "» 
En el artículo ix, número auspiciosamente caba- 
lístico, irá el testimonio decisivo anunciado más 
arriba. 



IX 



Como se verá, la publicación de los documentos 
inéditos que disipan por completo los últimos giro- 
nes de la leyenda relativa á la bandera de San An- 
tonio, — girones flotantes aún en el ambiente inte- 
lectual, como flotan en el aire los últimos flecos de 
la niebla matutina ya próximos á ser desvanecidos 
por la luz solar, — coincide con la segunda etapa de 
mi exposición pertinente á la enseña entregada á la 
Legión italiana el 15 de Marzo de i846, como pre- 



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-66- 

mió de la hazaña realizada el 8 de Febrero á las 
4Srdenes de GaribáUU y en cumpluuiento del de* 
creto respectivo. 

Por lo demás, que aún floten semejantes girones 
acaba de demostrarlo bien claro el señor Pereda, 
dando á luz el nuevo artículo aparecido en El Si- 
glo de fecha 6 del corriente, y en el cual se lee este 
pasaje, que evidencia á luz meridiana la impertur* 
bable firmeza de las convicciones arraigadas en el 
autor de Los extranjeros en la Guerra Grande: <cÁ 
los que niegan, escudados en simples conjeturas^ 
4{ae haya existido tal bandera, si no hubiese prue* 
bas concluyentes como las muchas que hemos ofre. 
cido, bastaría recordarles que yendo el jefe de la 
Jjegión al frente de los denodados defensores de las 
instituciones que le acompañaron á su larga y arries- 
gada excursión al alto Uruguay, no es posible su-* 
poner que no llevase enseña alguna de combate. x> 

La expresión escudados, en simples conjeturas^ 
emitida á la presente altura de mi exposición, me 
obliga á dedicar un pequeño y rápido intermezzo á 
tal artículo, que quiero suponer el señor Pereda ha* 
brá escrito en un mal momento de irreflexión, por-* 
que la justificada extrañeza que me causó el ver 
compendiada en un libro y en forma unilateral la 
polémica periodística que sostuve con él en 1896, no 
ha menoscabado mínimamente el aprecio que me 
merecen las dotes morales é intelectuales del señor 
diputado por Paysandú. 

Excuso refutar la novísima argumentación encor- 
nisada en el pasaje transcripto, la cual, desde el 
ponto de visto dialéctico, me causa una. impresión 



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-56- 

tan rara, que sólo despierta en mi memoria esto» 
dos Tersos de La secchia rápita: 

« E 11 poreriD, ehe non m n'en accorlo. 
Andar* combattendo ed era morto,» 

y dejo que los lectores imparciales juzguen á sus 
anchas SicelrcsL de la validez de las muchas pruebas 
eondwyentes ofrecidas por el autor 4e Los extranr 
feros en la Guerra Grande, 

En cambio, conceptúo obligatorio resumir las de» 
más partes del artículo mencionado, porque el sim* 
pie hecho de referirse á la bandera de San Antonio 
confiere á esa publicación el bien saneado derecho 
de ocupar un lugarcito en la presente monografía- 
polémica. 

He aquí el tal resumen: 

En las demás partes de su articulo, el señor Pe* 
r^da, practicando quizás excesivamente el aforismo 
latino repetita jupant y, en consecuencia, descui- 
dando el correlativo antitético Qariata placenta re- 
lata detalladamente, por tercera ó cuarta vez, las ce- 
remonias efectuadas el 2 de Julio de 1843 y el 15 
de Marzo de 1846, al entregar á la Legión italiana la 
bandera primitiva y la bandera decorada con la 
consabida inscripción. Tan detalladamente, que re- 
produce parte de la alocución ya aparecida en Los 
extranjeros en la Guerra Grande y pronunciada 
en el acto del 2 de Julio de 1843 por el señor Luis 
Mi9saglia — mención solemne y reiterada que el es- 
tudio concienzudo del período de la Defensa no jus> 
tífica, ni mucho menos, por cuanto el tal Missaglia 
resultó muy luego un simple fanfarrón, como, de 



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-67 — 

paso, consigno en la obrita que estoy escribiendo 
acerca de la actuación de Garibaldi en el Uruguay. 
Después nos obsequia con una metamorfosis sexual, 
en virtud de la que la señora Jessie Withe, viuda 
dd ilustre patriota Alberto Mario y benemérita de 
la independencia italiana, resulta transformada en 
un Mario mal informado, que incurre en un error 
¿garrafal diciendo, etc., — y también con la siguiente 
pereg^rina alimentación probatoria de que en San 
Antonio hubo bandera : « Conviene que se tenga en 
cuenta que en un grabado alegórico que inserta Ma- 
rio en la página 89 de su obra y que tiene al pie es- 
tas palabras: La battaglia di San f Antonio , pinta 
V8 Febbraio 1846 dalla Legione italiana di Mon-- 
tcQideOj sotto Garibaldi, aparece una bandera, si 
bien pintada á capricho. y> Argumentación la cual, á 
todas luces, hace pendant con la que he calificado de 
ñopísima, pues, con arreglo á ella, los europeos, por 
ejemplo, tendrían razón de afirmar que los urugua- 
yos gastan taparrabo y plumas en la cabeza, por 
el hecho de que, años atrás, una revista del viejo 
continente exhibió, en un grabado, á los actuales 
habitantes de este país en el figurín que gastaban 
los Charrúas primitivos. 

Por último, el señor Pereda atesora las palabras 
que se atribuyen á Edmundo De Amicisen su visita 
á Montevideo. Pero de ello me ocuparé debidamente 
cuando llegue el momento de examinar todo lo que 
respecta á la forma en que la enseña del Circulo 
Legionarios Garibaldinos ha venido á poder de la 
familia Fiorito. 

Y cierro el intermezzo, porque lo de simples con* 



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Jetaras me aguijonea para que no demore un ins- 
tante más la publicación de los documentos inédi» 
tos anunciados. 

En el artículo iv dije que más adelante probaría 
fehacientemente cómo la bandera — entregada el 15 
de Marzo de 1846 á la Legión italiana, depositada 
por ésta en el Fuerte de Gobierno después de esti- 
pularse la paz del 8 de Octubre de 1851 y retirada 
por el doctor Bartolomé Odicini á fines del Go- 
bierno del inmaculado patriota Joaquín Suárez, en 
virtud de la petición que publiqué en el mismo artí- 
culo IV — fué pedida en 1855 por el General Gari- 
baldi y enviada el año siguiente al vencedor de San 
Antonio, quien la recibió para depositarla oportu- 
namente en Roma. 

Pues bien : he aquí cómo pasaron las cosas : 

En los comienzos de 1855, el coronel Susini y el 
capitán Gassana que, después de ser disuelta la Le- 
gión, habían continuado permaneciendo en Monte- 
video, hicieron un viaje á Italia, y en tal ocasión vi- 
sitaron al General Garibaldi. Como era natural, 
Garibaldi les preguntó por los antiguos compañeros 
de armas quedados en el Uruguay, y luego quiso ser 
enterado del destino que había tenido la bandera 
entregada á la Legión el 15 de Marzo de 1846 como 
premio por la hazaña de San Antonio. Entonces los 
visitantes le refirieron detalladamente cómo aque- 
lla enseña se encontraba bajo la custodia del doctor 
Bartolomé Odicini. 

Debido á esa conversación, al poco tiempo de ha- 
berse Susini y Gassana embarcado de regreso para 
Montevideo, Garibaldi escribió al doctor Odicini la 



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— 59- 

sigaiente carta, que publico advirtiendo que Caye- 
tano Sacchi había vuelto de Italia después de los re- 
Teses sufridos por la causa de la independencia de 
su patria en 1849, y que el Anf^lo, mencionado por 
el General, es el legionario Ángel Figurina, quien 
formó en el grupo salido la noche del 14 al 15 de 
Abril de 1848 á bordo de la «Speranza»: 

«OenoTt 21 Agoito 1865. 

«Caro Odicini 

«Dagli uffíciali nostri Suzini e Gasana seppi tro- 
varsi in vostro potere la bandiera di S. Antonio, e 
desiderare voi una richiesta mia per mandármela ; 
vogliate dunque dirigerla in Nizza all"avvocato Au- 
gusto Garibaldi, o se meglio vi sembra incaricatene 
Tamico comune Giacomo Antonini per inviarla alio 
stesso indirizzo. Vi prego di diré a Suzini, Sacchi, 
Gasana, Angelo che non scrivo loro per non poterlo 
per ora; ma che lo faro al piú presto. Vogliate sa- 
lutarmi tutti ed i miei rispetti alia vostra signora. 

«cSono intanto vostro. 

«G. Garibaldi. 

aDottore Bartolomeo Odicini, Direttore dall^Ospe-^r 
dale Italiano Montevideo. » 

Como se ve, el glorioso jefe de la Legión, infor- 
mado por el coronel Antonio Susioi, que lo i*eem- 
plazó en el mando á su salida de Montevideo, y por 
el capitán Francisco Cassana, que tuvo en el com- 
bate del 8 de Febrero de 1846 parte principalísima 
al frente de la primera, compañía, de que la enseña 



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con la cual el Gobierno de la Defensa premió aque- 
lla hazaña se hallaba en poder del doctor Odicini, 
la pide á su castodio, llamándola la bandera de San 
Antonio, 

¿Y por qué? Porque en la memorable jomada — 
contrariamente á lo aseverado por el señor Pereda 
y al testimonio de los señores Bardino y Viglione — 
no ha tremolado ninguna bandera de la Legión, y 
la única enseña que merece tal calificativo es la entre- 
gada el i5 de Marzo de 1846, en su carácter de pre- 
mio por aquel heroísmo y atento á la consabida ins- 
cripción que la decora : 

HAZAÍÍA DXL 8 rBBBBBO DB 1816 

BXAUZADA POB LA ¿Kei<$ir ITAUAHA 

I LAB ÓBDSns DS eABIBALDI 

Regresados entretanto á Montevideo, el coronel 
Susini y el capitán Cassana comunicaron al doc- 
tor Odicini la conversación tenida con Garibaldi 
acerca de la bandera y el deseo manifestado por 
éste de que la gloriosa reliquia le fuera remitida, por 
cuya razón el doctor Odicini se apresuró á escribir 
al vencedor de San Antonio, antes de recibir la carta 
anterior, dándole cuenta de la petición en virtud de 
la cual el Gobierno había devuelto esa enseña para 
ser ofrecida al Municipio de Genova, y encarecién- 
dole, para su descargo, el envío de un recibo. 

Entonces Garibaldi contestó con esta otra carta, 
eü la cual se consigna la resolución de depositar la 
bandera de San Antonio en Roma, en vez de ofre- 
cerla al Municipio de Genova : 



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— 61- 

cQenoYm 22 Settemlm 185». 

«Caro Odicini 

«Giá vi scrissi circaalla bandiera nostra di S. An- 
tonio e vi chiesi d'inviarmela per esseme deposita- 
rio. Aggiungo una ricevuta della stessa (secondo mi 
chiedete). lo vi ringrazio, in nome dell'intiera Le- 
gione Italiana, della cura e custodia avuta del sacro 
stendardo. lo mi propongo di depositarlo in Roma 
-accanto alie glorie del nostro paese. 

a Sonó vostro 

G. Garibaldui» 

El recibo, remitido al doctor Odichii conjunta- 
mente con esta carta, está concebido en los siguien- 
tes términos : 

«GenoTft 22 Settembre 1865. 

«Ho ricevuto dal Dre. Bartolomeo Odicini la 
bandiera di S. Antonio. 

«G. GaribaldLi» 

Como en aquellos días el capitán Cassana tuviese 
el propósito de efectuar un nuevo viaje á Genova, 
el doctor Odicini se puso de acuerdo con él para 
que tomara á su cargo la conducción de la bandera 
y su entrega al General Garibaldi. De ahí que se 
demorara ese envío hasta el año siguiente, en el 
cual, habiendo Cassana desistido de su propósito, 
se efectuó la remesa, á fines de Febrero, por inter- 
medio del señor Santiago Antonini. 



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-82- 

Los documentos inéditos que acabo de exhibir 
—ante los cuales no dudo que los legionarios seño- 
res Viglione, Pinchetti» Suffiotto, Gannoniero y 
Bardino harán el saludo militar que corresponde, al 
oir la querida voz de su antiguo jefe — desvanecen 
completamente los últimos girones de la leyenda, 
sostenida con tanto tesón por el señor Pereda, y 
además arrojan las dos siguientes ilaciones: 

1.* Que el General Esteban Canzio está en lo cierto 
al afirmar, según nos ha comunicado días pasados 
el telégrafo, que « la legendaria bandera de San An- 
tonio, Garibaldi se la confió á él junto con una carta 
que dice : Éstos son los restos gloriosos de la glo^ 
riosisima bandera de Montendeo. En cambio, in- 
curre en un error de detalle al agregar que* esa 
misma bandera, Garibaldi cela trajo á Italia en 1848. » 

2.* Que el General Esteban Canzio, cumpliendo la 
disposición consignada en la carta de Garibaldi de 
22 de Septiembre de 1855, tiene el deber de depositar 
la bandera de San Antonio en Roma, donde esa glo- 
riosa enseña será documento y símbolo de las vin- 
culaciones que unen indisolublemente el partido 
colorado uruguayo á la democracia italiana. 

En los artículos siguientes me ocuparé de la 
forma en que la bandera del «Círculo Legionarios 
Garibaldinos )> ha llegado á poder de la familia 
Fiorito. 



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-63- 



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Aquellos de mis corteses lectores que son comple» 
tamente ajenos á los estudios de psicología, debea 
de haber experimentado una sensación desagrada- 
ble al presenciar el derrumbe del múltiple testimo- 
nio prestado por los legionarios señores Bardino» 
Yiglione, SufBotto, Cannoniero y Pinchetti, ante la 
palabra concreta y terminante del General Gari- 
baldi. Sin embargo, las conclusiones á que he arri- 
bado en el articulo anterior, no autorizan á nadie 
para dudar ni remotamente de la perfecta buena fe 
con que han procedido esas venerables reliquias de 
la Guerra Grande — conforme declaré, en voz bien 
alta, desde las primeras líneas de la presente expo- 
sición.— Y la exactitud de este aserto, el cual, asi 
a priori, fneáe tener apariencia de paradoja, que- 
dará completamente evidenciada con sólo recordar 
algunos de los fenómenos corrientes en la psicología 
colectiva — demostración indispensable para luego 
moverme con entera libertad en el laberinto de la 
tradición pertinente á la forma en que la bandera 
del «Circulo Legionarios Garibaldinos » ha llegado 
á poder de la familia Fiorito. 

Voy, pues, á poner en transparencia la base cien- 
tífica en la cual descansa lo aseverado en el articulo i, 
de que nos hallamos en preseneia de un caso de su- 
gestión múltiple, por el estilo de los que han deter- 
minado la formación de muchas leyendas épicas y 
irelig^osas. 



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-64- 

Por de pronto, es cosa que ya no se discute la ex-* 
trema sagestionabilidad de cualquier agprupación de 
personas, hasta el punto de ver y sentir lo que no 
existe, como lo prueba el siguiente ejemplo con- 
signado por la Repue Scientifique en su entrega 
correspondiente al 28 de Octubre de 1899 : 

«M. Schotton iba á dar una conferencia popular 
en la Universidad de Wyonning y había preparado 
previamente una botella llena de agua destUada» 
envuelta en algodón y encerrada en una cajita. Em- 
pezada la conferencia, tras alg^unos experimentos 
M. Schotton manifestó que quería darse cuenta de 
la rapidez con que un olor se difundiría en el aire 
y rogó á los presentes que levantaran la mano ape- 
nas hubiesen advertido ese olor. En seguida destapó 
la botella y lentamente virtió algunas gotas de agua 
en el algodón, volviendo la cara para otro lado du- 
rante la operación; luego sacó el reloj y esperó el 
resultado de la experiencia. Explicaba, entretanto, 
que tenía la absoluta certidumbre de que nadie de 
los presentes había jamás olfateado el compuesto 
químico vertido y expresaba la esperanza de que, 
si el olor parecería extraño y fuerte, no por eso se- 
ría desagradable. Al cabo de i5 segundos, la mayor 
parte de los que estaban en las primeras filas ha- 
bían ya levantado la mano, y á los 40 segundos el 
olor había sido percibido hasta en el extremo de la 
sala. Las tres cuartas partes de los presentes decla- 
raron que lo advertían. Y todos, sin duda, hubieran 
sido víctimas de la sugestión, si — al cabo de un mi- 
nuto — M. Schotton no se hubiese visto en la nece- 
sidad de interrumpir la experiencia, porque algosos 



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Facsímile de la carta de Garlbaldl al docto 

El autógrafo está escrito en medio pliego del mismo papel de i 



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3ini, de fecha 22 de Septiembre de 1855 

en que está el anterior, pero se halla un tanto desvanecido 



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-65- 

de los que se hallaban en la primera fila manifesta- 
ron que el olor les molestaba y quisieron abandonar 
la sala.» 

Tal extrema sugestionabilidad de toda agrupación 
de personas explica por qué, ante el criterio psico- 
lógico, numerosos testimonios múltiples deben, en 
buena lógica, reducirse á la simple unidad, como 
dije refiriéndome á las declaraciones de los señores 
Bardino, Viglione, Suífíotto, Gannpniero y Pinchetti. 
Tan es así, que Gustavo Le Bou, en su Psychologie 
desfoules (París, Félix Alean éditeur, 1899), ob- 
serva en la página 35 : a Los tratados de lógica colocan 
la unanimidad de los testigos en la categoría de las 
pruebas más sólidas que se puedan invocar para 
demostrar la exactitud de un hecho. Pero lo que 
nosotros sabemos de la psicología colectiva dice que 
los tratados de lógica deben enteramente rehacei*se 
acerca de este punto. » 

Y Scipio Sighele, en su obra I deUtti della folla 
{Torino, fratelli Bocea editori, 1902), invalida, tam- 
bién por otra razón, la atendibilidad de los testimo- 
nios colectivos, expresándose en la página 167 en los 
isiguientes términos : a Guando un hecho ha tenido 
numerosos testigos es más discutido y más discuti- 
ble que cuando ha tenido un pequeño número de 
testigos. — Es la experiencia cotidiana que nos lo 
«nseña. Acercaos á una agrupación cualquiera que 
se haya formado en una calle ó en una plaza; pre- 
tguntad qué es lo que ha ocurrido y podéis estar se- 
guros de recibir tantas contestaciones diferentes 
cuantas son las personas interrogadas. Es probable 
que nadie querrá mentir conscientemente, pero lo 



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-86- 

cíerto es que todos — inconscientemente — olTidarán 
é exagerarán lo que han visto ó han creído ver. — 
¿Qué fe podremos, por lo tanto, prestar á los testi* 
gos de este género?» 

Ahora bien : reducido el testimonio múltiple á la 
simple unidad, con arreglo al criterio psicológica 
indicado, es evidente que, si esa fuente de informa- 
ción adultera inconscientemente la verdad ó por 
mala memoria, ó por alucinación, ó por otras cau- 
sas análogas, tal errónea versión es repetida casi 
fonográficamente por los demás miembros de la co- 
lectividad sugestionada, dentro de la más impeca- 
ble buena fe — como el eco múltiple repite fielmen.\e 
la misma voz desafinada. 

En el caso de la bandera de San Antonio, obsér- 
vese el eslabonamiento de los cinco testimonios y la 
sucesión de las fechas respectivas; téngase presente 
el carácter de casi menear , como dicen los psicólo- 
gos franceses, que las calidades de presidente del 
Círculo Legionarios Garibaldinos, de más joven y 
de más instruido en su colectividad confíei*en al se- 
ñor Bardino, y la armazón de la leyenda se trans- 
parentará diáfanamente como el esqueleto de una 
mano iluminada por los rayos Rontgen. 

El punto de pai*tida de semejantes casos, observa 
Gustavo Le Bon (obra citada, página 33^, « es siem- 
pre la ilusión causada á un individuo por reminis- 
cencias más ó menos vagas, luego el contagio f en- 
tre la colectirídad) por vía de afirmación de esa 
ilusión primitiva, d 

Y, como.ejemplo clásico de la sugestión colectiva, 
la cual, á consecuencia de la adulteración que encie- 



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-67- 

rra el testiíaomo originario, determina un testimonio 
múltiple absolutamente falso, dentro de la más com- 
pleta buena fe, Scipio Sighele recuerda, en la obra 
mencionada, cómo «los hermanos Goncourt refie- 
ren en su diario que, durante la guerra de 1870 en 
París, algunos centenares de personas, estacionadas 
frente al palacio de la Bolsa, estaban persuadidas 
de haber leído — leído con sus propios ojos — un te- 
legrama el cual hablaba de una victoria francesa, 
mientras el telegrama, naturalmente .... no había 
jamás existido. » 

En comparación con este hecho, curioso, por 
cierto, pero nada raro, pues aquí en Montevideo es- 
tamos presenciando, con motivo de la actual re- 
vuelta saravista, hechos análogos casi diarios, 
¿qué extrañeza puede causar el asunto de la ban- 
dera de San Antonio, el cual se refiere á un acon- 
tecimiento ocurrido hace más de 58 años, y cuando 
los testimonios respectivos proceden de personas 
debilitadas por la vejez ? 

Como cita final, que no dejará la menor duda 
acerca de la exactitud con la cual el caso examinado 
se ajusta perfectamente á esta teoría psicológica, he 
aquí otros trozos de la citada obra de Gustavo Le 
Bon, trozos que pueden leerse en el francés origi- 
nal en las páginas 29, 30 y 35 : 

«Las observaciones colectivas son las más erró- 
neas de todas y muy á menudo representan simple- 
mente la ilusión de un individuo que, por vía de 
<H>ntagio^ ha sugestionado á los demás. Se podrían 
multiplicar á lo infinito los hechos probatorios de 
que se debe tener la más completa desconfianza del 



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-68- 

testimonio colectivo. — En un libro reciente, el ge- 
neral inglés Wolseley ha probado que se había in- 
currido hasta ahora en los errores más garrafales 
acerca de los detalles más importantes de la batalla 
de Waterloo, detalles que centenares de testigos 
habían, entretanto, afirmado. 

((La creación de las leyendas no es determinada 
solamente por una credulidad completa. Lo es tam- 
bién por la deformación prodigiosa qae sufren los 
sucesos en la imaginación colectiva. La primera de- 
formación, percibida por uno de los individuos déla 
colectividad, es el núcleo de la sugestión contagiosa. 
Antes de aparecer en los muros de Jerusalén á to- 
dos los cruzados, San Jorge no fué ciertamente per- 
cibido más (jue por uno de los presentes. Por vía de 
sugestión y de contagio, el milagro señalado por 
uno solo fué inmediatamente aceptado por todos. 

(( Éste es siempre el mecanismo de tales alucina- 
ciones colectivas, tan frecuentes en la historia y (jue 
parecen tener todos los caracteres clásicos de la au- 
tenticidad. » 

Por último, es oportuno recordar cpie la presente 
creación fantástica de una bandera, la cual jamás 
ha existido, es cosa bien pec[ueña comparada con la 
multiplicación — dicho sea con el respeto debido á 
las creencias ajenas — de ciertas reli<piias venera- 
das por los católicos, á cuyo respecto una prolija 
estadística arriba á la conclusión de C[ue existen en 
la cristiandad enteras decenas de brazos, de piernas 
y hasta de cabezas atribuidas, con absoluta buena 
fe, al mismísimo santo. 

Evidenciada así la insospechable corrección de 



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los legionarios señores Viglione, Suffiotto, Pinchettí, 
Cannoniero y Bardino, abordaré libremente el aná- 
lisis del último punto de la cuestión que queda aún 
por examinar. 



XI 



. La forma en que la bandera del ce Circulo Legio* 
narios Garibaldinos» pasó á poder de la familia Fio- 
rito, envolviendo sus pliegues negros en la cristali- 
zación irisada de la leyenda épica, ha sido referida 
por el señor Pereda en Los extranjeros en la Gue- 
rra Grande del siguiente modo : « En cuanto á la 
bautizada con el humo de la pólvora en San Anto- 
nio, al ser desarmada la Legión, el comandante Luis 
Bottaro se hizo cargo de ella. — Un 8 de Febrero, 
conmemorando tan glorioso aniversario en el Jar- 
dín de Julio (Ejido, entre Miguelete y Orillas del 
Plata), manifestó que como él no era de los que se 
habían encontrado en dicha acción, creía conve- 
niente y justo que esa reliquia histórica fuese depo- 
sitada en manos de alguno de los oficiales que acom- 
pañaron á su inolvidable jefe en el referido com- 
bate, y entre otros merecedores de esa distinción, 
indicó al capitán don Francisco Fiorito. — Su obser- 
vación fué favorablemente acogida, y desde enton- 
ces el capitán Fiorito se recibió de ese valioso sa- 
grario. — El 8 de Febrero de 1854 hizo entrega de 
ella el comandante Bottaro, y una comisión, com- 
puesta del teniente Berrizo, un sargento, un cabo y 
un soldado, la condujo al domicilio del capitán Fio- 



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-To- 
rito. — En un viaje que éste hizo á su patria, visitó 
á Garibaldi en la ida de Caprera, — El héroe pre- 
guntó por la bandera, y sabiendo que él la tenía en 
su poder, manifestó ser su voluntad que con ella se 
cubriese el féretro de los legionarios que fallecieran 
en Montevideo, y que el último sobreviviente, es- 
tando en pelero de muerte, la donase al Museo Na- 
cional. — Fallecido Garibaldi el 2 de Junio de 1882, 
se fundó inmediatamente, ese mismo año, la socie- 
dad Círculo Legionario Garibaldino, con el propó- 
sito de honrar todos los años su memoria al evocar 
el 8 de Febrero de 1846. — Constituida dicha socie- 
dad, se resolvió dejar la bandera al solícito cuidado 
de la viuda del capitán Fiorito, pues éste la había 
tenido durante más de 30 años. — Por consiguiente, 
es ella quien la conserva, pero á disposición del 
Circulo Legionario Garibaldino, que la luce con 
justo org^o en todas sus fiestas anuales. j> 

Al relatar semejante tradición, el señor Pereda ha 
reflejado sencillamente, como un buen espejo, la 
alucinación colectiva de los supervivientes de la 
Guerra Grande que le suministraron los datos res- 
pectivos — según resulta también de la manifesta- 
ción hecha por el presidente del «Círculo Legiona- 
^rios Garibaldinos)) en la carta publicada por El Si' 
glo del H de Enero de 1896. 

He aquí cómo se expresó entonces el señor Anto- 
nio Bardino: «Esa bandera (la construida en Qiaje 
de Monteifideo al Salto) quedó en poder del comanh 
dante Bottaro cuándo Garibaldi se trasladó á Italia» 
hasta que — y según la afirmación verídica del se- 
ñor Pereda — en un viaje que hicieron á Caprera el 



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-71 - 

capitán Fiorito y el que estas lineas escribe, hablan* 
dolé al General Garibaldi de los que aún sobrevi* 
Tían de su gloriosa Legión, preguntó con empeño 
por la bandera de San Antonio ; como le manifes* 
taramos que se hallaba en poder de Fiorito, le ex- 
presó sus deseos de que no saliera de su poder 
mientras viviera, y que después fuera transfirién- 
dose de uno á uno á los soldados de la Legión, pero 
«n propiedad del núcleo; hasta que quedase uno 
solo, fallecido el cual, pasaría ese recuerdo de sus 
escasos méritos en América (textual), al Museo Na- 
cional de Montevideo. » 

En otro pasaje de su libro, el señor Pereda agrega 
que los señores Fiorito y Bardino visitaron en Ca- 
prera al General Garibaldi en 1878 ; con lo cual te* 
nemos completa en todos sus detalles la versión que 
Toy á examinar en seguida. 

Si no me equivoco, el modo más prudente y más 
acertado de encarar el punto es éste : La familia Fio- 
rito posee positivamente una enseña, que Arturo 
Pozzilli, en Vitalia al Plata de fecha S6 de Junio 
líkltimo — conviene repetirlo — describe así: «Está 
formada por una burda tela pintada de negro. En 
^ medio tiene el Yesuvio en llamas, originariamente 
rojo. — Digo originariamente : porque el tiempo ha 
desteñido en mucho el color, al punto de que el rojo 
se ha tornado amarillento y anaranjado. Tiene, en 
resumen, aquellos matices que sólo el tiempo, ma- 
gistral y originalísimo artista, posee en su paleta. 
La bandera es larga un metro y 75 cents, y es ancha 
un metro y 25 cents. La parte superior está re- 
mendada. Además lleva una inscripción en la ex- 



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— 72- 

tremidad superior é inferior. Ella reza : Hazaña del 
8 de Febrfiro de 1846 realizada por la Legión 
italiana á las órdenes de GaribaldLy> ¿De dónde 
procede realmente esa enseña? 
. Una vez demosti^ado, como he hecho, que los expe- 
dicionarios al Uruguay no tuvieron la bandera que 
se decía, es evidente que su procedencia no se puede 
ubicaren aquella expedición. Ella no ha sido cons- 
fruida por ningún Suci, ni ha sido bautizada con 
el humo de la pólvora en San Antonio, De otro 
modo, el Gobierno de la Defensa, que dio al com- 
bate del 8 de Febrero de 1846 la consabida resonan- 
cia, se hubiera apresurado á depositarla en el Fuerte 
de Gobierno, como una reliquia gloriosa, una vea 
regresado Garibaldi del Salto y una vez reemplazada 
la enseña de la Legión por la entregada el 15 de 
Marzo de 1846. Además Garibaldi, que, no obstante 
su notorio laconismo parsimonioso, escribió á la 
Comisión de la Legión italiana dos días después de 
San Antonio : « Hoy no daría mi nombre de legiona- 
rio italiano por un mundo de oro. — ¡ Oh ! es un com- 
bate que merece ser grabado en el bronce,» la hu- 
biera colocado en la merecida evidencia, antepo- 
niéndola, aunque de burda tela, á la rica bandera de 
seda regalada por la esposa del general Rivera. 
5 ¿De dónde procede, pues? 

El ex legionario y actual comandante don Manuel 
Echevarría, en el siguiente pasaje de una conversa- 
ción tenida con Arturo Pozzilli y publicada en Z'/to- 
lia al Plata del SO- de Junio último, le asigna un 
origen demasiado turbio para ser admitido sin bene- 
ficio de inventario: « — Pero ¿cómo ha nacido la 



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- 73 — 

leyenda de la bandera? — De un modo sencillísimo. 
A raíz de la muerte de Venancio Flores, el capitán 
Fiorito y Anselmi construyeron una bandera para 
cierta Legión á crearse y alrededor de ella se formó 
la leyenda. » — Porque el general Flores fué asesi- 
nado el A9 de Febrero de 1868, y la tradición reía* 
uva á la enseña custodiada por la familia Fiorito se 
remonta, con relativa claridad, hasta el 8 de Fe- 
brero de 1854, á cuyo respecto el señor Viglione ha 
manifestado á Arturo Pozzilli, según se lee en Vita- 
lia al Plata del 28 de Junio próximo pasado: «En 
1854, en una fiesta que en honor de la Legión dio el 
general Venancio Flores, para entregamos los di- 
plomas decretados por el gobierno (se refiere al de-- 
creta de 28 de Enero de aquel año), fué llevada 
la bandera de San Antonio y todos la reconocieron 
por tal. — Terminada la fiesta, el comandante Bottaro 
propuso que la bandera, con el fin de que fuera bien 
conservada, se entregase á la familia de un legiona- 
rio, é indicó la del capitán Fiorito. » 

Por lo tanto, mientras el comandante Echevarría 
no abone con pruebas fehacientes la exactitud de su 
aserto, permanece en pie la pregunta: ¿De dónde 
procede la enseña de que se trata ? 

Y, para contestarla, hasta tanto no aparezca al- 
gún documento de carácter decisivo, es forzoso me- 
terse en el terreno de las inducciones basadas en los 
más seguros antecedentes y formuladas con arreglo 
á la lógica más severa y más prudente. 

Vamos á ver. 

Eliminada la parte que, debido á una positiva alu- 
cinación colectiva, atribuía á esa enseña la digni- 



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-74- 

dsd épica de bandera de San Antonio, no existe nin* 
gún hecho debidamente controlado que invalide la 
versión de que el comandante Bottaro entregara la 
enseña de la referencia d 8 de Febrero de 1854 al 
capitán Fiorito. Pero ¿qué bandera podía entregar 
el muy valiente y muy recto comandante Bottaro, á 
quien Garibaldi confió en 1845 el mando del grueso 
de la Legión dejado en Montevideo? Gonstándonos 
qae la enseña de seda recibida por la Legión el IS 
de Marzo de 1846 se encontraba en 1854 en poder 
del doctor Odicini, y demolida la leyenda de la fan- 
tástica de San Antonio, hay que arribar necesaria- 
mente á la conclusión de que el comandante Bottaro 
no pudo entregar y no debe de haber entregado otra 
cosa que la bandera primitiva de la Legión, ó sea 
la quedada en Montevideo durante la expedición de 
Garibaldi al Uruguay, ó sea la reemplazada desde 
el 15 de Marzo de 1846 por la de seda que regaló la 
esposa del General Rivera, — Y tal conclusión re- 
sulta indudablemente robustecida por la circunstan- 
cia de que la enseña del 2 de Julio de 1843 debe ha- 
berse lógicamente depositado el 15 de Marzo de 
1846 en la Mayoría del cuerpo, y nada obsta á la pre- 
sunción de que más tarde haya sido retirada de alli 
por el comandante Bottaro. — Del mismo modo, 
cabe dentro de lo posible y hasta de lo probable, la 
hipótesis de que la inscripción que ella ostenta haya 
sido pintada á raíz de promulgarse el decreto de fe- 
cha 25 de Febrero de 1846, antes de que se supiera 
que doña Bernardina Fragoso de Rivera iba á rega- 
lar la bandera que efectivamente se entregó á la 
Legión el 15 de Marzo de 1846. 



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— ^ — 

Con muy poca eficacia, por cierto, militan en con* 
tra de esta conclusión tres objeciones : la de que, 
según lo aseverado por los señores Vigüone y Bar- 
dino, la bandera de 2 de Jidio de 1843 tenía, en el 
reverso, un cráneo superpuesto á dos tibias ; la de 
que, según referencias de los señores Viglione y 
Sui&otto, esa enseña babria sido regalada á un doc- 
tor Pastori; y, por fin, la de que un conjunto de in- 
dicios parece autorizar la suposición de que Gari- 
baldi, al salir en 1848 para Italia, se llevara dicha 
bandera, por supuesto antes de regalarla al nom- 
brado doctor Pastori. 

Pero lo consignado en el artículo ii excluye la 
bien rara anomalía de que la primitiva enseña de la 
Legión tuviese reverso, como las medallas y las mo- 
nedas ; nada documenta el pretendido regalo que se 
dice hecho al doctor Pastori, cuya filiación merece, 
en cambio, una investigación aparte ; y el hecho de 
no mencionarse claramente en los diarios italianos 
de 1848 la presencia de la bandera negra con el Ve- 
suvio, al frente de los legionarios que acompañaron 
á Garibaldi en su regreso á la península, — bandera 
que en aquella época tenía muchísimo renombre en 
Italia, gracias á la intensa repercusión dada por los 
patriotas á la gloria de San Antonio, — deja muy eíi 
el aire la tercera de las objeciones apuntadas. 

Por lo contrario, la conclusión deducida de ante- 
cedentes perfectamente probados, explica la vene- 
ración de que los supervivientes de la Guerra Grande 
rodean esa burda tela que, con arreglo á tal induc- 
ción, habría tremolado en los combates librados 
por la Legión en los alrededores de Montevideo 



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-76- 

desde el 2 de Julio de 1843 hasta el 15 de Marzo de 
1846, y parcialmente explica también la versión que 
da el señor Bardino de la visita hecha al General 
Garibaldi, conjuntamente con el capitán Fiorito, en 
1878, Digo parcialmente, porque es muy creíble que 
el General haya hablado, en aquella ocasión, de la 
enseña del 2 de Julio de 1843, si resulta comprobada 
la anterior hipótesis. 

Para mí, no cabe la menor duda de que la parte 
de esa versión que se refiere á la bandera de San 
Antonio se encuadra en la alucinación colectiva de 
la cual han sido victimas también los demás super- 
vivientes de la Legión. Y, en vía complementaria á 
todo lo ya documentado y ai^umentado, pueden 
formularse las siguientes observaciones acerca del 
trozo epistolar del señor Bardino transcripto en los 
comienzos del presente ai'tículo, trozo en el cual 
salta á la vista la deformación que toda persona su- 
gestionada imprime á sus relatos pertinentes al tema 
eje de su alucinación. 

El señor Bardino, en efecto, atribuye al General 
Garibaldi la manifestación de que deseaba que la 
bandera de San Antonio, después de fallecido el 
último legionario, pasara al Museo Nacional de 
Montevideo, y asegura que, al referirse á tal enseña 
fantástica, el vencedor de San Antonio dijo textual- 
mente: Ese recuerdo de mis escasos méritos en 
América. Pues bien: causan verdadera extrañeza 
ambos asertos, porque es ilógico que Garibaldi ha- 
blara, en Caprera y en 1878, del Museo Nacional, 
cuando es perfectamente sabido que esta institución 



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— 77 — 

empezó á tener vida aatónoma sólo en 1880 (1 ), pues 
anteriormente había sido una simple sección de la 
Biblioteca Nacional, casi inadvertida por la gran 
mayoría del público montevideano; y porque la 
frase subrayada como textual está abiertamente en 
pugna con el modo de pensar y de expresarse de 
Garíbaldi. El tono genuino que le era habitual y que 
informa así sus Memorie autobiografiche como su 
epistolario, en lo pertinente á su actuación ameri- 
cana, puede escucharse en el siguiente pasaje de la 
carta (2) con la cual, el 10 de Abril de 1860, contes- 
taba á otra nobilísima que le había dirigido, el 25 
de Febrero del mismo año, el austero patriota don 
Joaquín Suárez, mencionando, entre otras cosas, 
lo que el Uruguay debía al jefe de la Legión ita- 
liana: «Entre sus valerosos conciudadanos — decía 
Garibaldi — yo he aprendido cómo se pelea al ene- 
migo, cómo se sufren los padecimientos, y, sobre 
todo, cómo se resiste con constancia en la defensa 
de la causa sagp:*ada de los pueblos, y á la prepoten- 
cia liberticida de los déspotas. — Nada me debe su 
bella patria; yo hice débilmente mi deber de sol- 
dado de la libertad; y soy ufano de mi título de ciu- 
dadano de su República. » Jamás Garibaldi ha ha- 
blado de sus méritos, escasos ó abundantes, y nunca 
ha podido calificar á una bandera de recuerdo de 
tales méritos. 

En el siguiente artículo examinaré lo poco que 

( i) Sa primer BegUmento, debido al sefior Pedro E. Bauza, fué apro- 
Iwdo por el gobierno el 30 de NoTiembre de 1880, 

(2) El autógrafo se ooiuerra en el Museo mstórioo, organizado por el 
doctor Joaquín de Salterain. 



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— 78- 

todavia queda por analizar, y cerraré, por fin, esta 
ya muy extensa exposición. 



XII 



Lo que todavía queda por analizar es la manifes* 
tación que el diputado señor Francisco Fiorito ha 
hecho á Arturo PozzUli, y que éste ha publicado en 
L' Italia al Plata del 22 de Junio último. Hela aquí: 
a Cuando Edmundo De Amicis vino á Montevideo,. 
concui*rió á mi casa y quiso ver la bandera de San 
Antonio. De Amicis me dijo que Garibaldi le había 
comunicado hallarse en mi casa la bandera de la 
gloriosa batalla. » 

Enunciada en una forma tan perentoria y abso- 
luta, como si la visita del ilustre escritor italiano 
hubiese ocurrido ayer ó anteayer, semejante decía* 
ración, — emitida en momentos en que yo acababa 
de escribir sólo el pi'imero de los presentes artícu* 
los, es decir, cuando el quintuplo testimonio de los 
señores Bardino, Viglione, Suffiotto, Cannoniero y 
Pinchetti se erguía formidablemente como una to- 
rre almenada sosteniendo en su cumbre la leyenda 
de la bandera, — ha tenido que pesar en la opinión 
de los lectores dotados de escaso espíritu analítico. 

Por su parte, el señor Pereda, en cuyo ánimo per- 
duraba hasta hace poco la ofuscación contagiada 
por sus informantes, la juzgó tan valiosa que no 
tuvo reparo de esgrimirla triunfalmente en su pu- 
blicación aparecida en El Siglo del 8 del actual, ó 
sea cuando yo había dado ya á luz el VI de mis 



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-79 — 

articiilos, esbozando las lineas generales y el alcance 
del plan adoptado, a En cuanto á la bandera de San 
Antonio — exponía en esa publicación el autor de 
Los extranjeros en la Guerra Grande — un repor- 
taje hecho al diputado señor Fiorito, por el periodista 
don Arturo Pozzilli, confírmalo que hemos manifes- 
tado á su respecto ; pues en él se dice que cuando el 
eximio escritor italiano Edmundo De Amicis estuvo 
en Montevideo hace algún tiempo, se interesó viva- 
mente por conocer dicha bandera, pues el general 
Garibaldí le había significado que ella se hallaba en 
poder de la viuda del capitán Francisco Fiorito, 
padre del referido representante por Cerro Largo.» 
Pero es el caso de recordar que los psicólogos 
aconsejan, con fundadísimos motivos, la mayor des- 
confianza ante los testimonios consistentes en ver- 
siones orales, transmitidas de una persona á otra, 
al través de los años, y confiadas al frágil y erróneo 
vehículo de la memoria — porque tales testimonios 
están expuestos á innumerables agentes de altera- 
ción. Por de pronto, la fuente originaria, ó sea la 
persona que suministra el dato inicial, puede em- 
plear expresiones anfibológicas ó no suficientemente 
claras, capaces de determinar en quien escucha, en 
especial modo si el oyente se halla de antemano 
orientado por la sugestión en un rumbo determinado, 
interpretaciones diametralmente opuestas al verda- 
dero sentido de la comunicación. En segundo lugar, 
la persona que recibe el dato oral está propensa á 
colaborar en esa información, ya sea ampiándola ó 
adornándola, conforme á su peculiar idiosincrasia, 
ó ya adaptándola á su tono psíquico ó armonizan» 



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-80- 

dola con los antecedentes qu.e posee ó cree poseer 
acerca del asunto con el cual aquélla se relaciona — j 
todo esto con la mayor buena fe, inconscientemente, 
como suelen hacer los testigos presenciales de los 
sucesos callejeros, seg^ observa Scipio Sighele en 
la cita consignada en el articulo x. Por último, 
el tiempo, (jue borra las inscripciones grabadas en 
el bronce de las medallas y en el granito de los mo- 
numentos, transforma en vagas y engañosas remi- 
niscencias los recuerdos confiados aun á la reten- 
tiva más poderosa. 

La vida diaria ofrece á cada momento ejemplos 
perfectamente caracterizados de la profunda defor- 
mación que sufren las informaciones al pasar de 
una persona á otra, como la luz que, al atravesar 
medios de diferente refracción, se desvia de su 
rumbo primitivo y hasta puede asumir dirección ab- 
solutamente opuesta á la dirección inicial. Sin ir más 
lejos, compárese el texto de la manifestación del 
señor Fiorito, publicada por L* Italia al Plata, con 
el de la reproducción que hace el señor Pereda en 
El Siglo del 6 del actual, y se advertirá de inme- 
diato la tendencia á la ampliación inconsciente, — 
no obstante tratarse de una información estampada 
y de presentar el señor Pereda ese dato casi como 
una simple transcripción. 

Siendo así, y después de haber yo publicado los 
documentos que prueban cómo Garibaldi no pudo 
de ningún modo haber comunicado á De Amicis que 
la bandera de San Antonio se hallaba en casa de la 
familia Fiorito, no cabe la menor duda de que la 
manifestación del señor diputado por Cerro Largo» 



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-81- 

la cual se refiere á una visita efectuada hace más de 
20 años, adolece de una deformación fundamental, 
debida á los factores arriba enumerados. Porque 
conociendo, como conozco, la insospechable veraci- 
dad de Edmundo De Amicis, cuya nobleza de alma 
compite en elevación con el vuelo de su bien saneada 
fama literaria, no admito, ni como hipótesis, la de* 
elaración que la vaga y errónea reminiscencia del 
señor Fiorito le atribuye. 

Derribado, en consecuencia, también el última 
puntal que sostenía la leyenda de la bandera de San 
Antonio, ha llegado el momento de recapitular, pre- 
cisando las conclusiones que fluyen incontroverti- 
blemente de esta monografía. Helas aquí: 

1.» La primitiva bandera de la Legión italiana, 6 
sea la recibida el 2 de Julio de 1843, era enteramente 
negra, con un polcan en el medio, como afirma, 
informada presumiblemente por el propio General 
Garibaldi, la señora Jessie W. Mario en la pág. 83 
de su obra Garibaldi e i suoi tempi, y como ratifica 
Guerzoni en la pág. 168, tomo i, de su obra Garibaldi. 
Queda, pues, eliminada la versión de los señores 
Bardino y Viglione, que atribuye á esa enseña un 
reverso con un cráneo superpuesto á dos tibias cru- 
zadas ; versión la cual probablemente es debida á un 
error de óptica intelectual, por cuanto los atributos 
fúnebres de la referencia se hallaban realmente en 
otra bandera que flameó también durante el período 
de la Defensa : la bandera negra levantada por el 
inglés Samuel Benstead, capitán de la guerrilla 
«Gloria ó muerte», cuya excéntrica é interesante 
silueta puede verse en la biografía de Garibaldi por 



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Alejandro Damas. Y á todo lo dicho acerca de este 
punto, conviene agregar el recuerdo personal de mis 
distinguidos amigos los señores Dermidio De-María 
y Lefévre, hijo del director del Patrióte frangaÍB, 
que se publicó durante el sitio de Montevideo, y sar- 
gento mayor del bravo regimiento de chasseurs 
basques, que constituía el nervio de la Legión fran- 
cesa. — El señor De-María, á quien interrogué al 
respecto, valiéndome de las afectuosas vinculado^ 
nes de compañerismo que mantengo con él desde 
cuando trabajaba á su lado en la redacción de El 
Siglo, me manifestó que tanto él como el señor Lefé- 
vre, con quien ha tenido ocasión de conversar acerca 
del tópico, con motivo de mis publicaciones sóbrela 
bandera de San Antonio, conservan nítidamente el 
recuerdo de haber visto en varias oportunidades la 
primitiva bandera de la Legión italiana, y tener la 
seguridad de que ella no presentaba el cráneo y las 
tibias mencionados por los señores Bardino y Vi- 
glione. Al propio tiempo, el señor De-María observó, 
muy acertadamente, por cierto, que, si aquella en- 
seña hubiese ostentado semejante símbolo fúnebí^, 
su memoria hubiera quedado peixlurablemente im- 
presionada por atributos tan inusitados en una ban- 
dera, pues entonces era niño de pocos años, la edad 
en la cual tales sensaciones son tan vivaces y tan 
duraderas. 

. 2.^ No existe ninguna prueba fehaciente de que 
la bandera del 2 de Julio de i843 haya sido lleva- 
da en 1848 por Garibaldi al salir de Montevideo para 
tomar parte en la guerra de la independencia ita- 
liana, y nada obsta á la presunción de que ella sea 



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-83- 

la misma que se encuentra en poder de la familia 
Fiorito. Ni es circunstancia excluyente el hecho de 
que tal enseña no presente huellas de proyectiles, 
por cuanto las dos banderas de la Legión francesa, 
que se conservan en el Museo Nacional, tampoco 
las ofrecen, como puede verse; La objeción tendría 
fundamento si se tratase de una enseña desplegada, 
en el combate de San Antonio, atento á las condi- 
ciones excepcionalísimas de aquella jomada gloriosa, 
en que un puñado de héroes peleó durante varias 
horas rodeado por 1200 enemigos. — Al propio tiem- 
po, es evidente que la identidad de la bandera del 
« Círculo Legionarios Garibaldinos», en el sentido 
indicado, no puede conceptuarse establecida satis- 
factoriamente hasta tanto no se demuestre que la 
enseña del 2 de Julio de 1843 no fiíé llevada por 
Garibaldí á Italia, ni, por consiguiente, fué regalada 
al doctor Pastori. — Sin embargo, mi impresión per- 
sonal es completamente favorable á la presunción 
antedicha, también porque me repugna admitir la 
exégesis demasiado turbia que indica mi apreciado 
amigo el comandante don Manuel Echevarría. 

3.* La bandera entregada á la Legión italiana el 
15 de Marzo de 1846, como premio de la hazaña rea- 
lizada en San Antonio por la fuerza destacada á las 
órdenes de Garibaldi y en cumplimiento del decreto 
del 25 de Febrero del mismo año, reemplazó desde 
^aquella fecha á la bandera primitiva y, una vez esti^ 
pillada la paz del 8 de Octubre de 1851, fué deposii- 
tada en el Fuerte de Gobierno. A fines de la admi- 
nistración de don Joaquín Suárez, el doctor don 
Bartolomé Odicini, mediante una solicitud firmada 



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-84- 

por los oficíales, bajo -oficiales y soldados qae per* 
tenecieron á la Legión, gestionó y obtuvo sa devo- 
lución para ser ofrecida al Municipio de Genova. 
Por fin, ella fué pedida en 1855 por el General Gari- 
baldi, quien se proponía depositarla en Roma, y el 
doctor Odicini se la remitió en Febrero de 1856 por 
intermedio del señor Santiago Antonini. Esa enseña, 
que Garibaldi denomina en sus cartas y en el recibo 
enviado al doctor Odicini, bandera de San Antonio, 
porque constituye el premio discernido á la Legión 
por el Gobierno de la Defensa con motivo de aque- 
lla hazaña, se encuentra actualmente en poder del 
General Esteban Ganzio. 

4.* En el combate del 8 de Febrero de 1846 no hubo 
ninguna bandera de la Legión italiana, y á este res- 
pecto es interesante, para la observación psicoló- 
gica, lo manifestado recientemente por el señor Pin- 
chetti, en discordancia con la carta remitida por él 
en 1896 al señor Pereda. Habiéndole Arturo Pozzilli 
telegrafiado: «Dígame si en San Antonio tremoló 
bandera neg^a. Consulte Cannoniero, » ese actor en 
el combate del 8 de Febrero de 1846 respondió con 
la siguiente carta, publicada por L' Italia al Plata 
del 6 del actual: «En contestación de su telegp:*ama 
fecha 29 del corriente, le diré que la Bandera Negra 
de la Legión Italiana á que usted hace referencia, 
jamás flameó en San Antonio, como se quiere afir- 
mar erróneamente. — El hecho de que nos acompa- 
ñara esta nuestra bandera hasta el puerto de Mon- 
tevideo á los doscientos voluntarios garibaldinos que 
marchábamos al Salto, entre los cuales el infrascrito, 
ha hecho suponer, como digo, erróneamente, que ésta 



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se haya encontrado en San Antonio. No es así, puei» 
quedó cobijando á los Legionarios Garibaldinos al 
mando del comandante Luis Bottaro, que quedaban 
en Montevideo.— Para evacuar mejor mi cometido, 
he consultado á mi compañero de armas y legionario 
italiano don Nicolás Gannoniero, que está conteste 
en a^rmar lo mismo. » — Gomo se ve, el señor Pin- 
chetti no menciona en esta carta la enseña que, se- 
gún la anterior de Enero 18 de 1896, construyó el 
teniente Suci jr emplearon en toda la campaña — 
excluyendo sólo que en San Antonio haya tremolado 
la Bandera Negra — lo cual parece indicar que dicho 
superviviente de la Guerra Grande se halla en 1904 
libre del contagio sugestivo bajo el cual se encon- 
traba en 1896. 

Y desde que el señor Pereda, en su publicación 
aparecida en El Siglo del 5 del actual, ha invocado, 
como argumento probatorio de su aserto, la circuns- 
tancia absolutamente anodina de que en un grabado 
alegórico de la batalla de San Antonio, que inserta 
en su obra la señora Jessie W. Mario, aparece una 
bandera, si bien pintada á capricho, me permitiré 
consignar, á mi vez, pero sin ningún propósito de- 
mostrativo y como simple curiosidad, que yo poseo 
una vieja lámina cromoUtografíada por el estable- 
cimiento Armanino de Genova y que representa el 
glorioso combate con bastante fidelidad histórica por 
lo que respecta á la localidad, á la indumentaria y á la 
disposición de los combatientes. Pues bien : mientras 
las fuerzas de Servando Gómez ostentan su enseña, 
los legionarios no tienen ninguna, y asi sus oficia- 
les como Garibaldi, cuyo caballo herido se ve cerca 



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-86- 

Ae la tapera, esgrimen fusiles, peleando como sim- 
ples soldados. Pero, repito, esto no constituye docu- 
mento probatorio. 

Después de lo cual, mi modesta monografia ha 
llegado á su término. Al abordarla, yo me propuse 
interrogar aquel episodio verdaderamente épico de 
la gloriosa Defensa con la disposición de ánimo que 
puede sintetizarse con esta frase de Voltaire en la 
Histoire de Charles XII: a Ayez done la bonté de 
me diré la iférité, qnefaime antant que votre gloU 
re 7^ — y tengo la conciencia de no haberme apar- 
tado un solo momento, durante toda mi investiga- 
ción, de la lealtad á la cual el señor Pereda, en su 
libro Los extranjeros en la Guerra Grande^ me 
acusa gratuitamente de no haberme ajustado, por- 
que no confesé un error en el que — como queda 
luminosamente probado — no había incurrido. No 
disimulo la satisfacción que experimento por haber 
logrado aclarar definitivamente un punto histórico 
de positivo interés en la actuación americana de mi 
ilustre connacional, y confieso que esa satisfacción 
es amargada por el pesar de haber tenido que des- 
vanecer una querida ilusión de mi estimado amigo 
el señor Vighone y de sus compañeros de armas. 
Válgame, ante la rectitud de esas reliquias de la Le- 
gión italiana, lo impecable de los móviles que me 
han guiado. 

Y, en cuanto al señor Pereda, á quien, en mi ca^ 
rácter de italiano, agradezco efusivamente sus no* 
bles esfuerzos para enaltecer en este país la tradi- 
ción garibaldina, creo que podrá convenir conmigo 
en aplicar á la presente controversia la frase con» 



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-87- 

sagrada por la paz del 8 de Octubre de 185i : ni pen^ 
eedoresnipencidos. El único derrotado, y en buena 
lid, ha sido el error en que se estaba acerca de la 
existencia de una bandera que cobijara en San Anto* 
nio á los defensores de la libertad. 



FIN 



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Sil DEárUKA Al. FÓKDÓ 
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40 centesimos en el Uruguay 
1 nacional papel en la Repáblica Argentina 



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